Tour Mítico - 21 de julio: La Seoube - San Marie de Campan - TOURMALET - Luz St. Sauver - Pierrefitte - CAUTERETS Minimizar

Amanece en el camping un día bonito.

Desayuno, y arreglo la factura con el dueño; a mis chicas les toca recoger la tienda hoy, así puedo coger ventaja. Es algo que debo agradecerle a mi mujer, que me permita salir por delante, a pesar de la faena que le dejo, que trato de compensar en otros momentos del día. Creo que eran las 9 y media cuando salí en mi segunda etapa, camino de S. Marie de Campan. ¿Os suena por dónde voy a ir hoy?

S. Marie de Campan está indisolublemente asociado con el Tourmalet. Y el Tourmalet es ciclismo, un inagotable ciclismo. No llevaba ni 3 kms de pendiente favorable, cuando me presento en la famosa fuente donde debo llenarme los bidones que me refrescarán en mi subida. Ciclistas por todos lados, bebiendo, haciéndose fotos, comentando el momento. Lástima: mi cámara se quedó en el coche y no puedo inmortalizarlo. Bueno, comienzo el ascenso, y ya me pillarán las fotógrafas.

¡Qué voy a decir! Todo se vuelve mágico, los kilómetros son muchos pero las sensaciones fantásticas, creo que una vez allí, todo es más fácil de cómo lo imaginaba. Los porcentajes no son tan duros, pues la emoción hace mover mis piernas para que yo me dedique a disfrutar del coloso sin pensar en el esfuerzo. Me adelantan ciclistas, yo también adelanto a otros más tranquilos, nuestro paso es cansino pero orgulloso, sabiendo donde pisamos. Después del pueblo de Artigues, una amplísima curva me mete por una zona boscosa, con agradable sombra, y al salir de ella, la foto más espectacular que siempre deseé tener.

Llego a la zona de viseras que evitan las avalanchas, y unos ochoporcienes más adelante, entro en La Mongie, con sus edificios altísimos, los telesillas por todos lados, y la vista de la cima aguardándome arriba, allá en lo alto... Llevo más de una hora subiendo, y me espera casi otra hora de sufrimiento. Todos los kilómetros están señalizados con su porcentaje medio, y los últimos once no bajan del 8%. Paciencia y pedales.

El último kilómetro se hace especialmente agonioso, pues querría estar ya allí, pero mis piernas no me permiten superar los 8 ó 9 kms/h. Veo a la fotógrafa lista para inmortalizar mi hazaña, a mi hija coqueteando con las llamas que viven en la cima, a sus anchas, y al fin llego ante el ciclista de hierro, al monumento al sufrimiento al que tantos de nosotros hemos soñado alcanzar, ese que te invita a respirar y a llenar los pulmones de amor a la bicicleta.

Llegar aquí no es para bajar de inmediato. A 2.115 metros de altura no se está todos los días, así que las fotos se toman desde todos los ángulos, me avituallo del coche cuanto necesito, e incluso visito la tienda de recuerdos que hay allí arriba. En el azucarero de mi casa, ese que veo todos los días para echarme el azúcar al yogur o al café, hay ahora una cucharilla de recuerdo que pone “Tourmalet”.

Un ligero viento helado recorre la cima, y el sudor se queda frío. Me pongo el chubasquero pensando en el descenso. Después de recrear la vista en las mil curvas de la carretera que baja hacia Luz St. Sauver, me subo a la bici y voy a disfrutarlas. Hay más de 20 kilómetros de bajada, así que el dulce momento se estira en el tiempo, sin dar abasto de tanto como hay para observar por las alturas.

En una curva a derechas, mirando hacia lo alto, vuelvo a ver la cima del Midi de Bigorre, con su imponente antena y las instalaciones del observatorio astronómico. Atravieso el pueblo de Bareges, con cuidado por la gente que cruza las calles por todos lados, y continuo bajando. Llego al fin al pueblo de Luz St. Sauver, coronado por un pequeño y ruinoso castillo, y entre el tráfico siempre intenso de esta zona, tomo dirección Pierrefite-Lourdes.

Mi idea es subir hasta Cauterets, para hacer una segunda subida. Así que continúo el suave descenso que lleva hasta Soulom, en medio de unas gargantas preciosas con el río encajado a la izquierda, y al llegar a este pueblo, giro a la izquierda y comienzan los 10 kms de subida hasta Cauterets. Al principio, por lo desconocido, se me hace un mundo y he de volver a meter el tercer plato. La carretera va suspendida sobre el pueblo, pegada al cortado de la roca, y el calor aprieta y me sofoca. Recuerdo más de 35º en aquel comienzo de la subida.

Poco a poco, como siempre, voy ganando los kilómetros en medio de una naturaleza exhuberante de verdor. Pero el calor se ha quedado encerrado en el valle, me ahoga en algunas rampas duras, hasta el punto de que paro a quitarme el maillot. Mi coche, con la experiencia de años persiguiéndome, sabe esperarme en algún recodo o cuneta para darme un poco de agua, un bocado apetecible, o, por qué no, unos besos femeninos, que de todo se alimenta el cuerpo y el alma.

Unas curvas con bastante pendiente, y llegamos a Cauterets, donde tenemos que elegir el camping donde pasaremos las dos siguientes noches. Como el primero que miramos no tiene piscina, debemos bajar sobre nuestros pasos casi dos kilómetros hasta el siguiente.

Total del segundo día: 65,13 kms, a una media de 18,10 kms/h y una altitud de 1.673 metros.

Nada más encontrar nuestra parcela, nos vamos de cabeza al agua, y después de comer y montar la tienda, nos dedicamos a pasar la tarde por Cauterets.

Es todo un señor pueblo, agrandado por el turismo de verano pero sobre todo el de invierno. Un teleférico preside la entrada, e inmensos aparcamientos dan idea de lo que se mueve por allí. Recorremos las calles descubriendo el ambiente, en la iglesia estaba ensayando una arpista (¿se dice así la que toca el arpa?) para un concierto esta noche, y nos compramos los caramelos que parecen ser los típicos de la zona, de variados sabores.

Bueno, ya es hora de pensar en cenar y acostarse, que la fatiga no es poca en los tres.

La dueña del camping, por 50 céntimos de euro, me deja enchufado en su oficina el cargador de pilas de la cámara fotográfica.