• Vuelta ciclista a España 2012
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Menudo fin de semana ciclista para cerrar una Vuelta a España que ha hecho historia. Creo que bien merece una crónica al más puro estilo ciclolistero. No fue sencillo de organizar, porque la logística familiar cada vez es más complicada, pero finalmente pude encajar todas las piezas para poder vivir la Vuelta bien de cerca. Tener el cuartel general de verano en Cercedilla me ha resultado especialmente útil, aunque habitualmente reniegue de un pueblo "mal situado" para la bici de carretera: salga por donde salga siempre me toca subir, y lo mismo al volver...

Esta vez vamos a conjugar mis dos grandes pasiones: ciclismo y fotografía. Por tanto, cargo una mochila con la réflex y un flash, más algo de comida, chaqueta de entretiempo y el chubasquero. La rueda trasera ya tiene colocado el 27, por si finalmente se puede subir a la Bola, algo que dudo por la afluencia de público. La mañana está preciosa y con buena temperatura, pero negros nubarrones coronan la Sierra de Guadarrama. Veremos qué me encuentro allá arriba. Comienzo a pedalear casi a la una, y disfruto de ver la carretera llena de gente que sube, andando o en bicicleta, más o menos rápido. Algunos ya han montado el chiringuito y se preparan para la larga espera hasta que pasen los ciclistas.

Llegando al Ventorrillo ya se escuchan los truenos y se ven algunos relámpagos. La temperatura es agradable y voy a ritmo tranquilo, así que no me inmuto y tardo de recordar la última vez que me he mojado sobre la bici: imposible, hace demasiado tiempo... Comienzan a caer gotas, hasta que llueve decididamente. Como por arte de magia, la carretera se va quedando vacía. A la altura de la Fuente de los Geólogos ya voy casi solo. Estoy completamente empapado, pero el esfuerzo de la subida, y quizás la crema solar que me he untado a conciencia, me impiden sentir frío. A ratos llueve con furia, a ratos graniza, y se me acumula algo de hielo en los pelitos de los brazos. Llegando al puerto cualquier pequeño refugio está lleno de gente ¡a ver dónde me meto ahora! Corono en pleno aguacero. Calado hasta los huesos. Aún no hay demasiado lío de gente y logro encontrar un hueco bajo una sombrilla en uno de los puestos donde venden ropa ciclista. Pasa el tiempo y no escampa: apenas corre viento y la nube está enganchada sobre el puerto, entre Siete Picos y la Bola del Mundo. Qué buena suerte... Del calorcito de la subida he pasado a temblar de frío, y cuando comienza a escampar estoy tiritando incontroladamente. Me como una barrita (llevaba buena provisión de ellas). Llamo a Alfonso, el amigo con el que he quedado, que sube desde Segovia, y aún le quedan dos o tres km. para coronar, así que me doy una vuelta con la bici, bajando unos cientos de metros hacia Segovia y subiendo de nuevo, para entrar en calor. Dejo de tiritar. Ya no llueve, pero el sol no acaba de salir. Afortunadamente, no hace frío: 10-12 grados.

Llega Alfonso. Es casi imposible usar el teléfono por la saturación de la red, y no hay datos, pero parece ser que su chica nos espera en meta, arriba en la Bola. Je, je... pero ¿se puede subir en bici? ¡Pues claro! Allá que vamos, engullidos por el río humano (han llegado varios autobuses cargados de aficionados) que cruza el Puerto de Navacerrada, en dirección a la pista de hormigón. Contra todo pronóstico, nada más comenzar la subida puedo montarme en la bici e ir ganando altura dando pedales. La mayoría de la gente se va quedando atrás y la pista aún no está llena (apenas son las tres de la tarde). El sol comienza a brillar. No diré que muevo con alegría el 30x27 pero subo con dignidad, y adelanto más gente de la que me adelanta. A veces, hasta me animan. Hace ocho años que no subía por aquí pero la voy recordando, con toda su dureza y belleza. Pero no soy el que era, y supongo que el frío y la humedad me han dejado algo tocado, así que a falta de un kilómetro prefiero parar unos minutos y dejar que las piernas descansen, disfrutando del paisaje. Las nubes se han abierto y está quedando una tarde espléndida. He cometido el error de parar en una de las rampas más empinadas, y no soy capaz de enganchar el pedal, pero un par de voluntarios me ayudan y retomo la marcha. En un eterno periquete cruzo la meta, alegre y casi acalambrado. Me reúno con Alfonso e intento comunicar con la civilización, es decir, devolver una llamada perdida de mi mujer e intentar localizar al otro Alfonso, el ciclolistero, que estará en algún punto de la montaña como voluntario. Imposible: el móvil no volverá a funcionar hasta que no baje a Cercedilla: ni llamadas ni internet. Nos reunimos con Goro, otro compañero, y comenzamos a bajar, para encontrar el mejor sitio posible. Después de varias tentativas nos quedamos unos metros antes de la pancarta del último kilómetro. Comemos nuestras provisiones, terminamos el poco agua que nos queda (fuimos poco previsores) y esperamos. Preparo la cámara y disfruto del ambientillo, algo completamente nuevo para mí. Parece mentira que, tras tantos años de afición, ésta sea mi primera experiencia como espectador de cuneta.

Clamor, motos, olor a embrague quemado, algún que otro empujón, y podemos disfrutar de los ciclistas, casi uno por uno, desfilando frente a nosotros. La Bola del Mundo no es, desde luego, la ascensión más dura que conozco, pero la Vuelta está terminando y la etapa tiene chicha. Los ciclistas llegan muy cansados, y sus rostros lo expresan con claridad. Aunque estoy concentrado en las fotos, en ocasiones aparto la cámara y animo, o empujo. Puedo oírles jadear. Suben más rápido que cualquiera de nosotros, pero no me atrevería a decir que se esfuerzan menos, que sufren menos. Una vez pasados los 20 o 30 primeros, casi todos piden ser empujados, y lamento hacerlo sólo con un par de ellos. Creo que en ningún otro deporte podemos estar los aficionados tan cerca de los profesionales, y tener una experiencia tan parecida a la suya. Los ciclistas profesionales, que en televisión parecen súperhombres, son realmente de carne y hueso. Corren más, y durante más tiempo, pero también sudan, y les duelen las piernas, y hacen eses. El sábado no pude evitar sentir lástima: muchas veces he envidiado el trabajo de los ciclistas profesionales, por aquello de que "trabajan haciendo lo que más les gusta". Vale, pero ese ciclismo que tanto nos gusta es duro, muy duro, y hay días en que uno preferiría no haber salido de casa. Pensé que lo sabía todo, o casi todo sobre este deporte, pero el sábado aprendí una de las lecciones más importantes: da igual que seas un gran campeón, el último gregario o un simple aficionado: la bici es tan bonita como dura, y no es posible disfrutar de ella sin padecer frío y calor, dolor y cansancio hasta la extenuación. Resulta contradictorio pero en ese sufrimiento extremo radica su principal atractivo. No lo entiendo, no soy capaz de racionalizarlo, pero me ha quedado definitivamente claro que es así.

Comenzaron a bajar los que ya habían llegado arriba, y empezó a movilizarse mucha gente en dirección al Puerto de Navacerrada. Quizás fue un poco insolidario por mi parte, pero ahora podía resarcirme de haber "cargado" con la bici hasta allí arriba. En cuanto vimos un hueco tiramos hacia abajo. La bajada de la Bola es casi más dura que la subida, porque la enorme pendiente no invita a tomar demasiada velocidad (no hay quien frene) y el mal estado del piso castiga brazos y manos. Primero tras la moto de Graham Watson y después a rueda de Markel Irízar (tuve que parar para dejar pasar al "autobús") hice toda la bajada con relativa rapidez. Una vez en el Puerto bajar a Cercedilla fue coser y cantar porque la carretera estaba cerrada al tráfico y sólo había que tener cuidado con otros ciclistas y peatones que regresaban hacia Madrid.

El domingo me levanté con las piernas "de madera", algo conocido cuando hay lluvia de por medio. Aún hoy me duelen. Ya se pasará :-) Última etapa de la Vuelta, con salida desde Cercedilla. Conseguí pases de invitado y pude brujulear a mi antojo, acompañado de mi hija mayor, por el punto de encuentro. Además de tomar el aperitivo gratis y conseguir algún que otro recuerdillo, pudimos ver muchos ex-profesionales y más gente del mundillo ciclista: el inevitable Jaime Mir, los grandes Olano, Escartín o Cuesta, entre otros. Después, al aparcamiento de autobuses donde uno puede hacerse una foto, conseguir un autógrafo e incluso charlar con los ciclistas. Éstos, hoy especialmente relajados pues la Vuelta ha terminado. Pudimos disfrutar de la simpatía de Flecha, la bondad encarnada en Igor Antón o la tranquilidad, casi solitaria, de Cunego. Se me escaparon algunos de mis favoritos como Moncutie o Gárate, a los que apenas pude ver de lejos. Los tres primeros de la general, Contador, Valverde y Purito, simplemente inalcanzables en mitad de la multitud. Les vimos salir en marcha neutralizada, y les aplaudimos por última vez en esta Vuelta. En dos semanas volveremos a sentarnos frente a la tele, pero espero poder volver antes a la carretera, que es donde está de verdad el ciclismo.

En pocos días publicaré aquí el enlace a la galería de fotos, que están cocinándose todavía...

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