SIERRA SUR DE JAÉN

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MEDIO NATURAL
 

Hace más de 30 millones de años que la orogenia alpina comenzó a levantar el sur de la Península Ibérica. Las sierras Subbéticas son las montañas más externas de esta cordillera y la Sierra Sur se localiza en el tramo central. Sus relieves, que no llegan a mostrar una línea de cumbres medianamente continua, son el resultado de una tectónica compleja. Los violentos y descollantes macizos calcáreos se muestran compartimentados por numerosos relieves intermedios, hoyas y pasillos excavados sobre materiales más deleznables, conformando un paisaje vigoroso y amable a la vez. Esta mezcla armoniosa de contrastes realzan la extraordinaria belleza de algunos de sus parajes como los farallones de la sierra de La Pandera, las plácidas praderas de los Llanos del Angel, o los profundos barrancos del río Valdearazo. Las grandes elevaciones en Sierra Sur son escasas, el Alto de la Pandera con sus 1872 metros es el pico de mayor envergadura. Le sigue la sierra del Ventisquero con 1763 metros, la sierra del Trigo con 1662 metros y el pico Ahillo a 1454 metros. En el corazón de la sierra nacen los ríos más importantes de la comarca, como el río Víboras y el San Juan, el río Palancares y el Valdearazo, que desemboca en el embalse del Quiebrajano.

Las calizas se comportan como una esponja pétrea creando una compleja red de conductos que alimenta a una multitud de resurgencias, manantiales y fuentes. La facilidad con que el agua disuelve la roca da lugar a un relieve y un modelado muy particulares, corrientes en la Sierra Sur y que reciben el nombre de karst. El afilado Lapiaz de La Veleta, la profunda sima del calar de La Beata, la cueva del Contadero o las dolinas de Ermita Nueva ("Los Capachos") son los mejores ejemplos.

LA CAMPIÑA Y EL OLIVAR

Si hay alguna característica especial que defina la campiña jiennense son las filas de olivos que colonizan, metro a metro, sus mansas lomas. La campiña es tierra básicamente agraria, y también una de las más productivas. En época romana fue el principal núcleo de abastecimiento de trigo, aceite y vino. Pero desde bien entrado el siglo XIX los cereales, trigo y cebada, comenzaron poco a poco a ceder sus espacios al olivo. A partir de los años 50, el olivar comenzó a extenderse de manera progresiva, convirtiéndose en el monocultivo absoluto de la campiña. Olivo, aceituna y aceituneros son el símbolo de estas tierras profundamente humanizadas, donde el paisaje natural queda reducido a algunos escarpados taludes en los encajonamientos fluviales.

El olivo no es exigente con el agua y aguanta los rigores del clima. Tampoco necesita delicados cuidados. Florece entre abril y mayo, sus frutos maduran a finales del otoño; es entonces cuando da comienzo la recogida. En los luminosos días invernales, se asiste al frenético trajín de los aceituneros que con sus varas y capachos se encaminan al tajo, y de los tractores que van y vienen, camino de las almazaras. Es el mejor momento para recorrer la campiña.

LAS LAGUNAS

La naturaleza impermeable de la campiña ha favorecido la aparición de unos humedales estacionales, las lagunas Honda y del Chinche. En 1989 fueron declaradas Reservas Naturales y entraron a formar parte de la Red Natural de Humedales españoles. En sus márgenes prospera un enmarañado anillo vegetal de eneas, carrizal, juncos y tarajes, arbolillos de hojas escamosas. En esta orla de vegetación, numerosas y llamativas aves acuáticas encuentran su hábitat idóneo, como el ánade real, el más habitual de los patos, la esquiva polla de agua que sorprenderá con su frenética carrera sobre el agua antes de levantar vuelo, o la focha común, de plumaje negro pizarra con el pico y el escudete frontal d ecolor blanco. Hasta la grácil cigüeñuela forma parte del cortejo faunístico. El escaso malvasía, un pato buceador de aspecto un tanto desgarbado y considerado por muchos como el patito feo, ha determinado la protección de estos enclaves.

LOS BOSQUES

La difícil orografía de la sierra ha favorecido la conservación del bosque y matorral mediterráneos, que incluso alcanzan un equilibrio natural fuera de lo común, como en el calar de La Beata, la sierra de Alta Coloma o la umbría del Ventisquero. Las encinas, acompañadas de corpulentos quejigos, dominan el estrato arbóreo silvestre, en el sotobosque se desperdigan numerosas especies arbustivas leñosas. En las áreas transformadas por el hombre, el encinar de poco porte convive con cornicabras, torvizcos y matas de piornos. En los rincones más secos, se desarrolla un matorral que llena el aire de aromáticos olores como el tomillar, jaral o alhucema. En las elevadas cumbres de la sierra de La Pandera el arbolado escaso y la vegetación presentan claras adaptaciones al frío. Algunos pies de enebro subsisten como arbustos, pero predomina el piorno blanco, la sabina rastrera y el matorral almohadillado.

Una de las joyas botánicas de la Sierra Sur es un bosquete de longevos tejos que se esconde en el fondo de un barranco; esta conífera ocupaba un lugar preeminente en los bosques de antaño.

Estas formaciones vegetales relativamente bien conservadas dan cobijo a una comunidad faunística variada. Entre los mamíferos abundan los mustélidos como el inconfundible tejón, la diminuta comadreja, o la garduña, que prefiere las zonas rocosas al bosque puro. En medio del denso matorral viven el jabalí y el zorro, entre otras especies. Los huidizos ciervos, gamos y corzos han sido reintroducidos como especies cinegéticas. Entre las aves destacan el águila perdicera, poderosa rapaz muy ligada al bosque mediterráneo, el águila culebrera, el búho real, el halcón peregrino y el gavilán.