|
CRONICA DEL IV ASCENSO A LA PANDERA
|
|
SALIDA:
Parque de los Artesanos,
en Los Villares.
PERFIL:
CRÓNICA
Suena
el despertador. Son las siete de la mañana. Tras unos segundos
de incertidumbre, reacciono. Estaba sumido en un sueño de lo
más profundo. Apago el despertador y hago lo propio con
el segundo despertador, que iba a sonar cinco minutos más tarde.
En estas ocasiones me gusta asegurar, y siempre tengo uno de reserva.
Al final, anoche me fui a la cama demasiado tarde. Siempre me pasa lo
mismo; en vísperas de una marcha importante no consigo dormirme
antes de las dos de la madrugada. La última revisión a la
bicicleta, la recopilación de ropa, zapatillas, gafas, casco,
ropa de repuesto para después de la marcha... No veo el momento
de considerar todo preparado definitivamente... Quiero que todo
esté listo para ahorrar tiempo a la mañana siguiente.
Por fin me levanto. Procuro
no hacer ruido. Me voy a la piscina y me doy un relajante y
rápido baño. Ya tengo el coche en el garaje, preparado
con todo lo necesario y con la bicicleta cargada, así que tras
el desayuno salgo directamente hacia mi objetivo. Son las siete y
media. El sol ya está en medio de ese inmenso cielo azul que
siempre me regala mi tierra andaluza. Este año la salida
será de Los Villares. Tengo que recorrer cuarenta y cinco
kilómetros en coche para llegar hasta allí. Para ello
paso el puerto de Locubín, mi puerto, podría subirlo con
los ojos cerrados... En plena subida, a la izquierda veo el paisaje
ondulado y plagado de olivares, con la Peña de Martos y la
Sierra Ahillos en el límite noreste de la comarca. Al descender
el puerto, un cosquilleo recorre mi estómago cuando diviso por
primera vez al frente la majestuosa Sierra de la Pandera, en medio de
una leve bruma matinal. A la entrada de Valdepeñas de
Jaén me paro un momento, para hacer una foto de la cumbre con
esa luz primaveral que todo lo realza. En ese momento pasa otro coche
cargado con dos bicicletas, que al ver el mío, da unos alegres
toques de claxon. Son más ciclistas. A las ocho de la
mañana muchos se dirigen al mismo sitio que yo. Algunos hacen
dos o tres horas de viaje para venir a participar en esta marcha. Tengo
suerte de que se celebre cerca de mi pueblo. De hecho, en dos ediciones
anteriores, la salida y la meta estaban en mi propio pueblo, un lujo
que pocos pueden disfrutar.
A las ocho y media ya he
aparcado en la zona habilitada del Parque de los Artesanos, en Los
Villares. Ya hay mucho bullicio. Tras hacer cola para la recogida de
dorsal y algún recuerdo de la organización, vuelvo al
coche, descargo la bicicleta y ultimo los detalles. Tengo tiempo de
saludar a un par de ciclistas con los que había contactado por
correo electrónico, a través de la Ciclolista. Les digo
que ahora nos veremos, en la marcha. No suele ser difícil
coincidir con la gente en una marcha con doscientos participantes.
La salida se produce
puntual, a las nueve de la mañana. Atravesamos algunas calles
del pueblo, ante la mirada sorprendida de las mujeres que están
limpiando sus puertas, y algunos hombres que se reúnen en
pequeños corros en la esquina del parque. Enfilamos la carretera
que nos llevará a Martos. Nos dirige un coche abriendo paso al
grupo, que a través de un altavoz instalado en el techo va
poniendo música machacona. Realmente preferiría el
silencio... Yo entablo animadas conversaciones con los ciclistas que
van pasando a mi lado. El cansancio no ha llegado todavía. Es
uno de los mejores momentos de la jornada.
El terreno va ganando
altura progresivamente. Superamos una tachuela con doscientos metros de
desnivel, antes de bajar hacia Martos. El pelotón
continúa agrupado, porque la velocidad la marca el coche que
abre la marcha. Justo a la entrada de Martos nos desviamos hacia otro
pueblo, Jamilena, y luego Torredelcampo, para volver a Martos y
atravesarlo esta vez por la vía principal, aunque tampoco hay
mucha expectación. La mayoría de la gente no sabe que hoy
se celebra esta marcha, pero algunos nos lanzan algún grito de
ánimo. Llevamos cuarenta kilómetros de toboganes y falsos
llanos. Aparentemente todavía no estamos cansados, y el ritmo
que marca el coche de la organización es apropiado. Pero ya se
empieza a oler que nos acercamos al plato fuerte del día. Son
las 11 de la mañana cuando llegamos a Fuensanta de Martos, donde
todo el grupo se detiene en un avituallamiento organizado. Aquí
se da la salida a la versión corta de la marcha. Treinta
ciclistas más se unen a la comitiva, la mayoría con
bicicletas de montaña. Cruzamos Fuensanta por la travesía
principal. Aquí la expectación es mucho mayor que en los
pueblos anteriores. La gente se agrupa en las calles, adornadas de
plantas y flores, porque hoy se celebra el día del Corpus, muy
tradicional en todos estos pueblos. Se me eriza la piel y me crezco
cuando la gente nos anima. A la salida del pueblo, el coche que abre la
marcha acelera su ritmo. Comienza la subida libre, nos quedan
veintidós kilómetros hasta el alto. A medida que el coche
se aleja, la música de su altavoz se va perdiendo en la
distancia. El bullicio de las calles deja paso al silencio de los
campos y ahora ya sólo se oye el leve movimiento de los
piñones, los cambios de las bicicletas buscando un diente
más y los jadeos de los ciclistas que me rodean. Llevamos
cincuenta kilómetros de recorrido, y casi nos habíamos
olvidado de lo que nos traía aquí. Estamos a poco
más de 700 metros de altitud, y hoy vamos a subir hasta los 1840
metros de la Pandera. Todo lo que queda es cuesta arriba. Lo recordamos
de golpe al subir los primeros cuatro kilómetros del Puerto
Viejo con el 7% de media, bajo un sol que empieza a apretar
también. El pelotón se alarga considerablemente. Los
ciclistas me van pasando y ya ocupo mi lugar natural en este tipo de
marchas, mucho más cerca del coche escoba que del que abre paso
al pelotón. Sin embargo, no me encuentro mal. Voy dosificando la
bebida y pedaleo con soltura. Los últimos cinco
kilómetros de este puerto son considerablemente más
llevaderos que el resto, y los afronto con alegría.
Llegamos al Puerto Viejo,
donde desembocamos en la carretera C-3221 y giramos a la derecha, hacia
Valdepeñas de Jaén. Estamos a 1150 metros de altitud.
Tenemos por delante un falso llano de cuatro kilómetros antes de
afrontar los durísimos ocho kilómetros de
ascensión a la Sierra de la Pandera. Es el momento de mantener
la cabeza fría, alimentarse y beber. Son las 11:45 h. La
organización pensaba llegar a la cumbre a las 12:00 h, pero yo
no creo que esté allí antes de las 12:45 h. Los primeros
ciclistas seguramente ya están a media subida cuando yo estoy
girando a la izquierda para atravesar la verja que da paso al recinto
cerrado de la Sierra de la Pandera, y me encuentro con el primer
kilómetro, al 9% de media, con una rampa del 15%. Paso por
encima de la tradicional pintada "Comienza el Infierno". Dejamos la
cantera a la izquierda y formamos un grupo de diez o quince ciclistas
de un nivel parecido. Se sufre mejor acompañado.
Entre el segundo y el
cuarto kilómetro la pendiente no es excesiva, con algunas zonas
de descanso. Vamos a buen ritmo, pese a que el calor ya se nota
plenamente. Son las doce y cuarto de la mañana cuando llego al
terrible quinto kilómetro. Una curva de herradura a la derecha,
junto a una señal de tráfico que indica algo así
como "15%. 1800 metros" da paso a esa subida que cada vez conozco
mejor. Sé que no hay que precipitarse. Es cuestión de ir
pedalada a pedalada. Algunos ya echan pie a tierra y comienzan a
empujar las bicicletas. En mi caso, el tercer plato es la
salvación. Estamos en esa semirrecta de casi dos
kilómetros que surca toda la ladera. Dos kilómetros a
más del 11% de media. Hacia abajo, a mi derecha, diviso una
larga fila de ciclistas como hormigas, que suben balanceándose
de un lado a otro al ritmo de un penoso pedaleo. Este tramo siempre lo
subo a 5 ó 6 km/h, pero hoy voy un poco mejor. Voy haciendo eses
por la cuesta, seguramente mi cuentakilómetros marcará
algo más de distancia cuando esto acabe, pero tengo buenas
sensaciones. Mis anteriores compañeros se van quedando
atrás, y yo voy adelantando ciclistas, unos pedaleando y otros
caminando. Un ciclista se ha sentado sobre el quitamiedos y se ha
quitado las zapatillas. Me sonríe y me da ánimos. Ya
diviso las rocas y la curva a izquierdas donde hay un pequeño
descanso. Sólo me quedan tres kilómetros. Voy bien.
El paisaje de
montaña mediterránea con matorral medio da paso, tras la
curva, al verdadero paisaje lunar característico de la Pandera,
con rocas desgarradas por el efecto del viento y las heladas, pedruscos
sueltos a ambos lados de la calzada, y las antenas de comunicaciones,
que ya se divisan al frente. El penúltimo kilómetro me
espera. Siempre se me atraganta este sitio, cuando parece que la subida
ha terminado, pero te encuentras de repente con una pared de 500 metros
al 15% de desnivel. Eufórico por haber hecho la mejor subida de
mi vida, atravieso este último escollo y llego a la cumbre,
levantando los puños como si hubiera ganado una etapa de
montaña del Tour. Decenas de ciclistas están dando cuenta
del copioso avituallamiento. Me refresco y en pocos minutos se inicia
el descenso. Algunos ciclistas continúan subiendo, por lo que
bajamos con cuidado. Se oyen chirridos de frenos, y ahora sí
podemos disfrutar del paisaje plenamente. 24 kilómetros
más tarde, con las llantas casi humeantes por el continuo
frenado, atravieso la meta en Los Villares...
...Suena el despertador. Son las siete de
la mañana. Tras unos segundos de incertidumbre, reacciono.
Estaba sumido en un sueño de lo más profundo. Apago el
despertador. Mi mujer tiene que examinarse hoy de oposiciones.
Es 18 de Junio de 2006. En algún lugar a 400 kilómetros
de distancia hay un ciclista despertándose a estas horas para
participar en el IV Ascenso a la Pandera... Yo me lo pierdo este
año. Nos hemos tenido que quedar en Madrid por las oposiciones,
pero al menos esta noche me he trasladado en sueños y he vivido
una experiencia única en la Sierra Sur de Jaén. Ha sido
el mejor Ascenso a la Pandera de mi vida...
José
Antonio Jiménez Castillo
Madrid,
18 de Junio de 2006