CRONICA DEL III ASCENSO A LA PANDERA

(escrita en Julio 2005 en Madrid)

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Longitud: 106 km.
Desnivel acumulado: 2585 m.
Dificultad: Muy alta
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SALIDA:
Parque de la Constitución, en Castillo de Locubín

PERFIL:


 

CRÓNICA

La tercera edición del Ascenso a la Pandera se celebró en medio de un sofocante calor, que vino a castigar a los ciclistas especialmente en las horas centrales del día, coincidiendo con las rampas más duras del recorrido. Mi termómetro registró 44 grados a mitad de subida, con una leve bajada a 42 en la cumbre.

Este año la organización nos sorprendió con una novedad. Se tomarían los tiempos de subida desde la verja hasta el alto, y posteriormente nos enviarían diplomas a nuestros domicilios. Me pareció una buena idea.

Unos 200 ciclistas nos dimos cita en Castillo, casi todos andaluces, y como invitado nos acompañó el ciclista profesional Fernando Serrano, del Kaiku. Había muchos maillots de Córdoba, Sevilla, Málaga y Almería. Eché en falta la presencia de granadinos, que sin duda estaban preparando la subida al Pico Veleta, que se celebra dentro de tres semanas. Por otra parte, no me sorprendió la ausencia total de ciclistas "del norte", muy reacios a soportar la canícula andaluza. La presencia de bicicletas de montaña en esta prueba es bastante alta, comparada con la mayoría de marchas cicloturistas que conozco. Nos encontramos 9 ciclistas de mi pueblo, todos con bici de montaña menos yo, con muy diferentes niveles físicos y expectativas, pero todos contentos por poder participar en una marcha con salida y meta en nuestro pueblo.  Miguel, con maillot rojo y casco en la foto, es sin duda el mejor, y cada año nos ofrece una exhibición de fuerza y clase, con más de cuarenta años...

La marcha comenzó como siempre, controlada por el coche de la organización, que a través de sus altavoces nos iba narrando los lugares por los que pasábamos. Disfrutamos de bonitas vistas de Castillo de Locubín desde el primer puerto de la jornada, con 5 kilómetros de subida suave y tranquila, y posteriormente atravesamos Alcalá la Real, bajo la imponente fortaleza árabe de la Mota. Hasta Frailes, en el km. 25, el grupo avanzó compacto, pero en las primeras estribaciones del puerto de la Martina el pelotón se convirtió en un rosario de corredores en pequeños grupos. Yo subí con mayor respeto que en años anteriores, reservando energías y pensando en las rampas de hasta el 19 % que me esperaban. La bajada de la Martina hasta Valdepeñas es muy rápida y con buen piso, lo que permitió el reagrupamiento de todos los ciclistas. En Valdepeñas hubo una corta parada para dar la salida oficial al recorrido corto, donde se incorporaron unos 40 ciclistas más, y comenzó la segunda parte de la prueba.

Hice la primera parte de la subida, hasta el puerto de Ranera, a un ritmo tranquilo y descansado, recordando la pájara que me dio el año pasado en este mismo punto. Esta vez, aunque ya iba lejos de la cabeza de la marcha, como corresponde con mi condición de pésimo escalador, me encontraba bastante bien y vi cómo algunos compañeros míos no podían mantener mi ritmo. Decidí no esperarlos, y atacar la Pandera en solitario. A 5 kilómetros de la cima iba en un grupito de 4 ó 5, y podía ver ciclistas diseminados por toda la subida, pero empecé a sufrir los efectos del calor, y noté que no podía seguir su ritmo. Afronté los dos kilómetros más duros con mi 30 x 25, bajando la velocidad a 5 km/h. Cuando llegué a la curva de la caseta, sabía que la gran rampa estaba terminando, aunque estaba casi exhausto. Atravesé el pequeño descansito a 2 kms de meta y llegué a la última subida, de sólo 300 metros, donde se volvía a alcanzar más del 15 % de desnivel. Esta vez no pude seguir. El calor me asfixiaba. Tuve que echar pie a tierra y descansar 10 minutos, para volver a reanudar la marcha, subiendo a pie los últimos 200 metros. En este punto me adelantó un autobús de la organización, con muchos ciclistas, entre ellos algunos paisanos de mi pueblo. Sólo faltaba un kilómetro para la cumbre, una parte de él en frenética bajada, y llegué a las instalaciones militares. Desgraciadamente el agua se había agotado, pero quedaba comida, plátanos y otros tipos de bebidas. Mis paisanos estaban allí. Dos de ellos habían conseguido llegar en bien, aunque uno hizo la marcha corta.

Cogí la comida y bebida rápidamente porque ya estaban saliendo la mayoría de ciclistas para continuar el recorrido. En la bajada, como suele ocurrirme, me quedé solo, por tomar excesivas precauciones en las curvas. A mitad de descenso, al final de los tramos más pendientes, mi rueda trasera reventó por el calor, y tuve que parar a repararla. La temperatura de la llanta era tan elevada que me produjo una quemadura en el brazo; tuve que esperar a que se enfriara para cambiar la cámara. Dos de mis paisanos me alcanzaron y me ayudaron. Justo cuando acababa de reparar la rueda bajaba el autobús de la organización. Tenía miedo de que me volviera a reventar, y decidí subirme en el autobús un rato hasta Fuensanta de Martos (toda la bajada) para continuar desde allí los últimos 20 kms. Los últimos ciclistas que decidieron hacer el recorrido largo (otros optaron por regresar a Castillo directamente) adelantaron al autobús, pero los seguíamos de cerca. En el autobús íbamos unos 10 ciclistas, algunos que habían sufrido caídas y otros que habían decidido terminar la jornada un poco antes.

En Fuensanta me bajé del autobús para continuar la marcha. Arranqué fuerte, porque estaba descansado, junto con mis dos paisanos, que habían bajado en bici (de montaña). Uno de ellos me decía que el freno de disco no le funcionaba con el calor. Alcanzamos a un grupito de malagueños, y pensamos que sería buena idea llegar todos juntos, a Castillo. Apenas había recorrido 6 kilómetros desde Fuensanta cuando tuve que echar de nuevo pie a tierra porque mi rueda trasera se bloqueaba. Llevaba un radio roto desde hacía tiempo, sin darme cuenta (después supe que probablemente ya estaba roto desde antes de la salida) y la llanta se había descentrado completamente. Esta vez sí, tuve que subirme al autobús definitivamente, renunciando a llegar a la meta "oficial" por tercer año consecutivo.

He conseguido hacer otras marchas en España, teóricamente más duras, pero la Pandera se me resiste cada año. Por averías mecánicas o por falta de fuerzas, siempre me he quedado con un sabor agridulce en esta prueba, que es mi máxima aspiración de la temporada. No tengo las condiciones físicas de un escalador, es normal que se me atragante un coloso de la entidad de la Pandera, pero quiero superarme y espero que el próximo año pueda terminar la marcha completamente.

La organización, bastante bien, ha mejorado con respecto a años anteriores, aunque las previsiones de consumo de agua se han quedado cortitas. Para los tres euros del coste de la inscripción, fenomenal.

José A. Jiménez, desde Madrid.