MARCHA CICLOTURISTA INTERNACIONAL
SUBIDA AL PICO VELETA (22 de Julio de 2007).

 

 
 

DATOS:

Longitud: 38 km. 
Desnivel acumulado: 2400 m.
Dificultad: Muy alta

SALIDA: 
Pinos Genil, Granada, 9 h

MI CRONICA

Por tercera vez he participado en la Subida Cicloturista al Pico Veleta 2007. A las seis de la madrugada ya estaba dándome mi baño ritual en la piscina de mi familia en el pueblo, apenas a 60 kilómetros de Granada. En este año con un verano madrileño frío y atípico me gusta especialmente viajar a mi pueblo, donde el agua de la piscina se mantiene a una temperatura extraordinaria, para disfrutarla incluso de noche. Me encanta nadar despacio bajo las estrellas antes de participar en estas pruebas cicloturistas en Andalucía. Se apuntaron a venir conmigo dos ciclistas más de mi pueblo: mi cuñado Manolo, con bici de montaña, y mi amigo Rafa, que subió conmigo al Veleta en 2004, pero este año está un poco menos en forma.

Como suele ocurrir en este tipo de pruebas, la cita se convierte en una fiesta cicloturista en la que no paro de saludar a los amigos, cada vez son más.

Este año ha subido un poco la participación, hasta 900 ciclistas. Creo que es un anuncio de lo que va a ocurrir en ediciones venideras, porque a partir del año que viene el club ciclista Pinos Genil (por fin) se suma al reto tecnológico y dispondrá de información en Internet, supongo que a través de su próxima página web. Hasta ahora era muy difícil encontrar información de la prueba para los que tenemos a Internet como principal proveedor informativo.

Todos sabíamos a lo que íbamos. Treinta y ocho kilómetros sin parar de subir, pasando por diversos tipos de paisajes y panorámicas, pero siempre impresionados por la interminable sucesión de curvas de herradura, con dificultad creciente hasta la cima, que se ve prácticamente desde todo el recorrido, como una meta lejana que parece no llegar nunca.

La organización pone su grano de arena para hacer una marcha agradable, con un trato cordial y cercano desde el propio local de inscripciones. El resto lo pone el buen rollo de todo el mundo, que va a pasar una jornada no exenta de sufrimiento y superación personal, pero repleta de disfrute por el deporte, la naturaleza y el compañerismo que se destila en una prueba así. Me gustó ver bastantes grupos de ciclistas en los que algunos iban esperando y animando a los que no estaban tan seguros de sus fuerzas. Incluso vi a uno empujando por la espalda a otro en las rampas más duras del tramo final, con todo el viento en contra.

Mucha gente va al Veleta a enfrentarse con lo desconocido... otros van a luchar con lo conocido, pero con la incertidumbre de no saber nunca cómo se va a encontrar la parte alta de la montaña, si soplará ese viento huracanado que te tira de la bicicleta, si pasará con éxito las zonas donde el asfalto casi ha desaparecido convertido en gravilla, si conseguirá superar los tres mil metros sin desfallecer...

En mi tercera participación me sentía bastante seguro de conocer el terreno que pisaba. Desde el principio me planteé mejorar mi tiempo del año anterior, intentando bajar de las tres horas y media. Para ello me uní a los amigos de Los Villares, Manolo Palacios y Antonio "el Moro", que se están haciendo habituales de mis últimas crónicas. Mi cuñado y Rafa se quedaron un poco atrás, porque sus objetivos eran otros. El villariego Manolo iba un poco corto de kilómetros este año, debido a una lesión que no le había dejado entrenar, y no paraba de decir que si seguíamos su ritmo no llegaríamos a meta, Antonio le había prometido que se quedaría con él todo el tiempo. Yo me daba cuenta de que subíamos a un paso aceptable, con el que íbamos adelantando gradualmente a ciclistas que habían salido más rápido, así que me adapté a ellos y fui muy cómodo. Antonio tiraba un poco más, pero se frenaba para esperar a su compañero. Apenas paramos en los avituallamientos para llenar agua o Aquarius. Seguimos nuestro ritmo constante, en medio de una animada charla. Siempre encuentro muchas cosas que compartir con mis amigos villariegos.

En la parte alta de Pradollano, antes de alcanzar la ermita de la virgen de las Nieves, Manolo rodaba con mayor dificultad. El Moro se quedó con él, y yo me lancé a intentar mi objetivo personal, pedaleando de pie a buen ritmo. Llevábamos aproximadamente dos horas y media; me quedaban algo más de 10 kilómetros para recorrer en una hora. No era fácil, porque a partir de ese punto es donde están las rampas más duras y el peor asfalto. En la zona previa a la barrera se agolpaba bastante gente. Eran los familiares y acompañantes de ciclistas que no podían pasar a la zona restringida del parque natural. Les reclamé un poco de ánimo, y en ese momento se produjo una bonita ovación, antes de internarnos en la zona restringida, dominada por la inmensidad de la montaña volcánica, negra e inhóspita.

El viento entraba en tromba en los tramos menos resguardados de la subida, sobre todo en las curvas de herradura de la entrada al parque natural, y también en la larga recta que ataca la ladera a 2-3 kilómetros de meta. Cuando soplaba en contra o desde el lateral hacía temer por el equilibrio sobre la bicicleta, pero pude superar este inconveniente y la temperatura, en cambio, fue bastante benigna. Ni mucho frío en el pico (lo justo e inevitable que hace siempre) ni mucho calor en el valle.

Este año sí fui adelantando a bastantes ciclistas, algunos convertidos en peatones. El viento frío de cara casi hacía sucumbir a la tentación de echar pie a tierra, pero me agarré fuerte al manillar y pedaleé, sin pensar en otra cosa y sin hablar con nadie, durante los últimos kilómetros convertidos en una interminable sucesión de curvas de herradura, con algún nevero aún sin descongelar en las zonas más umbrías. Finalmente conseguí llegar a meta. No logré bajar de las tres horas y media, pero sí rebajé mi tiempo del año pasado en más de diez minutos, consiguiendo la curiosa cifra de tres horas, treinta y tres minutos.

Al empezar el descenso me crucé con los villariegos, que ya estaban llegando (¡Bravo por Manolo!) y un par de kilómetros más abajo mi cuñado, que subía con firmeza, para llegar por primera vez a esta cumbre. Todo un éxito, especialmente si tenemos en cuenta que venía con bicicleta de montaña y que hace dos años sufrió una operación en la columna vertebral, que le obligó a estar convaleciente más de un año. Sin embargo, Rafa había tenido que quedarse un poco más abajo, a causa de unos calambres y, según creemos, porque no llevaba el desarrollo adecuado. Un 42x26 no es suficiente para llegar a los últimos 10 kilómetros, con el viento en contra y después del castigo de los 30 kilómetros previos.

La organización este año ha tenido mucho más cuidado con el entorno, impidiendo a los ciclistas que llenaran el parque natural de botellines vacíos, aunque no pudieron controlar tanto a los impresentables que tiran los envoltorios de barritas y ampollas de glucosa. Afortunadamente cada vez son menos, al menos en esta marcha. Vi muchísimos ciclistas sin dorsal, tanto con bicicletas de montaña como de carretera. Desafortunadamente sigue estando de moda "ahorrarse" los 20 euros de la inscripción y aprovechar el ambientillo del día para "colarse" en la prueba. Hay gente que sigue midiendo la calidad de la organización en términos de rentabilidad (me dan x barritas, a tantos euros...) y no ven el despliegue y el gasto necesario para cortar carreteras, llevar ambulancias, etc... Y como tienen su visión particular, deciden conscientemente no inscribirse. No se trata de la marcha más generosa en cuanto a reparto de comida y regalos, pero tampoco son tacaños. Creo que hay un equilibrio justo, sin que falte comida ni bebida en ningún punto, y el avituallamiento final me pareció francamente bueno, con mucha cerveza, refrescos y comida, incluyendo bocadillos de jamón tiernos y jugosos. Desde mi punto de vista, el avituallamiento sólido de Pradollano es mejorable, ya que sólo vi dulces de hojaldre, mientras que yo prefiero que me ofrezcan plátanos y barritas. Pero no voy a medir la calidad de la prueba por un solo detalle como ese. Aparte de eso, en ninguno de los avituallamientos faltaba agua ni aquarius. No me parece exagerado pagar 20 euros por participar en una prueba de este nivel. El otro detalle mejorable es la señalización del camino de vuelta para llegar a la carpa de Pradollano. En la bajada nos perdimos por el pueblo, llegando a una calle sin salida para las bicis, teniendo que bajar por una escalera peatonal metálica con la bicicleta al hombro, como si fuera ciclocross.

Después de compartir correos en la ciclolista (mi grupo de ciclistas en Internet) durante algunos años, por fin tuve la oportunidad de conocer en persona a Paco Cabello, el cicloturista de Santa Fe, Granada. Un personaje peculiar e interesante, como todos los ciclolisteros, que me sorprendió con su derroche de conocimientos sobre ciclismo. Estuvimos conversando largamente durante la comida en Pradollano y bajamos casi juntos (él un poco más rápido) hasta Pinos Genil, donde nos despedimos hasta la próxima.

Una bonita experiencia, un año más. Ha merecido la pena hacer un viaje desde Madrid expresamente para la prueba.


Madrid, 22 de Julio de 2007
Jose A. Jiménez