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MARCHA
CICLOTURISTA INTERNACIONAL
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DATOS:
Longitud: 38 km. SALIDA: |
Por tercera
vez he participado en la Subida Cicloturista al Pico Veleta 2007. A las seis de
la madrugada ya estaba dándome mi baño ritual en la piscina de mi familia en el
pueblo, apenas a 60 kilómetros de Granada. En este año con un verano madrileño
frío y atípico me gusta especialmente viajar a mi pueblo, donde el agua de la
piscina se mantiene a una temperatura extraordinaria, para disfrutarla incluso
de noche. Me encanta nadar despacio bajo las estrellas antes de participar en
estas pruebas cicloturistas en Andalucía. Se apuntaron a venir conmigo dos
ciclistas más de mi pueblo: mi cuñado Manolo, con bici de montaña, y mi amigo
Rafa, que subió conmigo al Veleta en 2004, pero este año está un poco menos en
forma.
Como suele ocurrir en este tipo de pruebas, la cita se convierte en una fiesta
cicloturista en la que no paro de saludar a los amigos, cada vez son más.
Este año ha subido un poco la participación, hasta 900 ciclistas. Creo que es un
anuncio de lo que va a ocurrir en ediciones venideras, porque a partir del año
que viene el club ciclista Pinos Genil (por fin) se suma al reto tecnológico y
dispondrá de información en Internet, supongo que a través de su próxima página
web. Hasta ahora era muy difícil encontrar información de la prueba para los que
tenemos a Internet como principal proveedor informativo.
Todos sabíamos a lo que íbamos. Treinta y ocho kilómetros sin parar de subir,
pasando por diversos tipos de paisajes y panorámicas, pero siempre impresionados
por la interminable sucesión de curvas de herradura, con dificultad creciente
hasta la cima, que se ve prácticamente desde todo el recorrido, como una meta
lejana que parece no llegar nunca.
La organización pone su grano de arena para hacer una marcha agradable, con un
trato cordial y cercano desde el propio local de inscripciones. El resto lo pone
el buen rollo de todo el mundo, que va a pasar una jornada no exenta de
sufrimiento y superación personal, pero repleta de disfrute por el deporte, la
naturaleza y el compañerismo que se destila en una prueba así. Me gustó ver
bastantes grupos de ciclistas en los que algunos iban esperando y animando a los
que no estaban tan seguros de sus fuerzas. Incluso vi a uno empujando por la
espalda a otro en las rampas más duras del tramo final, con todo el viento en
contra.
Mucha gente va al Veleta a enfrentarse con lo desconocido... otros van a luchar
con lo conocido, pero con la incertidumbre de no saber nunca cómo se va a
encontrar la parte alta de la montaña, si soplará ese viento huracanado que te
tira de la bicicleta, si pasará con éxito las zonas donde el asfalto casi ha
desaparecido convertido en gravilla, si conseguirá superar los tres mil metros
sin desfallecer...
En mi tercera participación me sentía bastante seguro de conocer el terreno que
pisaba. Desde el principio me planteé mejorar mi tiempo del año anterior,
intentando bajar de las tres horas y media. Para ello me uní a los amigos de Los
Villares, Manolo Palacios y Antonio "el Moro", que se están haciendo habituales
de mis últimas crónicas. Mi cuñado y Rafa se quedaron un poco atrás, porque sus
objetivos eran otros. El villariego Manolo iba un poco corto de kilómetros este
año, debido a una lesión que no le había dejado entrenar, y no paraba de decir
que si seguíamos su ritmo no llegaríamos a meta, Antonio le había prometido que
se quedaría con él todo el tiempo. Yo me daba cuenta de que subíamos a un paso
aceptable, con el que íbamos adelantando gradualmente a ciclistas que habían
salido más rápido, así que me adapté a ellos y fui muy cómodo. Antonio tiraba un
poco más, pero se frenaba para esperar a su compañero. Apenas paramos en los
avituallamientos para llenar agua o Aquarius. Seguimos nuestro ritmo constante,
en medio de una animada charla. Siempre encuentro muchas cosas que compartir con
mis amigos villariegos.
En la parte alta de Pradollano, antes de alcanzar la ermita de la virgen de las
Nieves, Manolo rodaba con mayor dificultad. El Moro se quedó con él, y yo me
lancé a intentar mi objetivo personal, pedaleando de pie a buen ritmo.
Llevábamos aproximadamente dos horas y media; me quedaban algo más de 10
kilómetros para recorrer en una hora. No era fácil, porque a partir de ese punto
es donde están las rampas más duras y el peor asfalto. En la zona previa a la
barrera se agolpaba bastante gente. Eran los familiares y acompañantes de
ciclistas que no podían pasar a la zona restringida del parque natural. Les
reclamé un poco de ánimo, y en ese momento se produjo una bonita ovación, antes
de internarnos en la zona restringida, dominada por la inmensidad de la montaña
volcánica, negra e inhóspita.
El viento entraba en tromba en los tramos menos resguardados de la subida, sobre
todo en las curvas de herradura de la entrada al parque natural, y también en la
larga recta que ataca la ladera a 2-3 kilómetros de meta. Cuando soplaba en
contra o desde el lateral hacía temer por el equilibrio sobre la bicicleta, pero
pude superar este inconveniente y la temperatura, en cambio, fue bastante
benigna. Ni mucho frío en el pico (lo justo e inevitable que hace siempre) ni
mucho calor en el valle.
Este año sí fui adelantando a bastantes ciclistas, algunos convertidos en
peatones. El viento frío de cara casi hacía sucumbir a la tentación de echar pie
a tierra, pero me agarré fuerte al manillar y pedaleé, sin pensar en otra cosa y
sin hablar con nadie, durante los últimos kilómetros convertidos en una
interminable sucesión de curvas de herradura, con algún nevero aún sin
descongelar en las zonas más umbrías. Finalmente conseguí llegar a meta. No
logré bajar de las tres horas y media, pero sí rebajé mi tiempo del año pasado
en más de diez minutos, consiguiendo la curiosa cifra de tres horas, treinta y
tres minutos.
Al empezar el descenso me crucé con los villariegos, que ya estaban llegando
(¡Bravo por Manolo!) y un par de kilómetros más abajo mi cuñado, que subía con
firmeza, para llegar por primera vez a esta cumbre. Todo un éxito, especialmente
si tenemos en cuenta que venía con bicicleta de montaña y que hace dos años
sufrió una operación en la columna vertebral, que le obligó a estar
convaleciente más de un año. Sin embargo, Rafa había tenido que quedarse un poco
más abajo, a causa de unos calambres y, según creemos, porque no llevaba el
desarrollo adecuado. Un 42x26 no es suficiente para llegar a los últimos 10
kilómetros, con el viento en contra y después del castigo de los 30 kilómetros
previos.
La organización este año ha tenido mucho más cuidado con el entorno, impidiendo
a los ciclistas que llenaran el parque natural de botellines vacíos, aunque no
pudieron controlar tanto a los impresentables que tiran los envoltorios de
barritas y ampollas de glucosa. Afortunadamente cada vez son menos, al menos en
esta marcha. Vi muchísimos ciclistas sin dorsal, tanto con bicicletas de montaña
como de carretera. Desafortunadamente sigue estando de moda "ahorrarse" los 20
euros de la inscripción y aprovechar el ambientillo del día para "colarse" en la
prueba. Hay gente que sigue midiendo la calidad de la organización en términos
de rentabilidad (me dan x barritas, a tantos euros...) y no ven el despliegue y
el gasto necesario para cortar carreteras, llevar ambulancias, etc... Y como
tienen su visión particular, deciden conscientemente no inscribirse. No se trata
de la marcha más generosa en cuanto a reparto de comida y regalos, pero tampoco
son tacaños. Creo que hay un equilibrio justo, sin que falte comida ni bebida en
ningún punto, y el avituallamiento final me pareció francamente bueno, con mucha
cerveza, refrescos y comida, incluyendo bocadillos de jamón tiernos y jugosos.
Desde mi punto de vista, el avituallamiento sólido de Pradollano es mejorable,
ya que sólo vi dulces de hojaldre, mientras que yo prefiero que me ofrezcan
plátanos y barritas. Pero no voy a medir la calidad de la prueba por un solo
detalle como ese. Aparte de eso, en ninguno de los avituallamientos faltaba agua
ni aquarius. No me parece exagerado pagar 20 euros por participar en una prueba
de este nivel. El otro detalle mejorable es la señalización del camino de vuelta
para llegar a la carpa de Pradollano. En la bajada nos perdimos por el pueblo,
llegando a una calle sin salida para las bicis, teniendo que bajar por una
escalera peatonal metálica con la bicicleta al hombro, como si fuera ciclocross.
Después de compartir correos en la ciclolista (mi grupo de ciclistas en
Internet) durante algunos años, por fin tuve la oportunidad de conocer en
persona a Paco Cabello, el cicloturista de Santa Fe, Granada. Un personaje
peculiar e interesante, como todos los ciclolisteros, que me sorprendió con su
derroche de conocimientos sobre ciclismo. Estuvimos conversando largamente
durante la comida en Pradollano y bajamos casi juntos (él un poco más rápido)
hasta Pinos Genil, donde nos despedimos hasta la próxima.
Una bonita experiencia, un año más. Ha merecido la pena hacer un viaje desde
Madrid expresamente para la prueba.
Madrid, 22 de Julio de 2007
Jose A. Jiménez