XIII MARCHA CICLOTURISTA SUBIDA AL PICO VELETA (23 de Julio de 2006).
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DATOS:
Longitud: 38 km.
Desnivel acumulado: 2395 m.
Tiempo máximo: 5 h.
Dificultad: Muy alta
Leer
crónica de la marcha
SALIDA:
Pinos Genil, junto al hotel Bella
María, a las 9:00 h.
PERFIL:
MI CRONICA DE LA SUBIDA AL PICO VELETA 2006
(escrita
el 24 de Julio de 2006 en Castillo de Locubín)
Cuando conseguí terminar mi primera Subida al Veleta, en 2004, junto con mi paisano Rafa, nos prometimos a nosotros mismos volver a hacerla para mejorar nuestros tiempos y bajar, si era posible, de las cuatro horas. En aquella primera participación no sabíamos exactamente a lo que nos íbamos a enfrentar y fuimos muy conservadores, especialmente en los 20 primeros kilómetros, lo cual nos permitió terminar con dignidad dentro del tiempo estipulado por la organización, un máximo de 5 horas para recorrer los 38 kilómetros de ascensión continuada, con apenas un par de descansos de no más de un kilómetro cada uno. Nuestro tiempo estuvo en torno a las 4:30 h.
Este año, al no haber podido participar en la QH ni en el Ascenso a la Pandera, mi marcha preferida cada temporada, la Subida al Pico Veleta se convirtió en mi máximo objetivo. Tras un par de meses de descanso obligado por diversas circunstancias, en las últimas semanas de Junio se abrió la veda y pude, por fin, volver a coger la bicicleta de carretera. Empecé mi preparación con la participación en la Marcha de los Campeonatos de España en Móstoles, donde me defendí bastante bien para el tiempo que llevaba sin prepararme. Las semanas sucesivas subí Navacerrada, Morcuera, Canencia y la dura subida a la Nava, en el Parque Regional de la Pedriza, con bicicleta de montaña, es decir, prácticamente todas las subidas importantes de la Comunidad de Madrid. Mi objetivo no era otro que llegar bien preparado para afrontar la madre de todas las subidas, la del Pico Veleta, “la carretera asfaltada más alta de Europa”, como le gusta decir a los organizadores, el club ciclista Pinos Genil. Me encontraba fuerte, y además en estos tiempos he ido perdiendo peso progresivamente, unos 15 kilos en estos dos últimos años.
Mi amigo Rafa este año no había cumplido su vieja intención de hacerse con una bici de carretera ni adaptar los neumáticos de la suya de montaña, así que no se decidió a participar, y lo mismo les ocurrió a otros paisanos amigos míos, así que el día 23 de Julio de 2006 me presenté yo solo en la zona de inscripciones para recoger mi dorsal y disponerme a participar en la prueba. Me dio la impresión de que había menor participación que en la edición anterior, pero también vi gente con pinta de ciclista de nivel. Tengo la sensación de que la preparación de los participantes en marchas cicloturistas va mejorando año tras año.
En un par de vueltas por la zona de salida vi muchas caras y sobre todo maillots conocidos. Allí estaban los ciclistas de El Ronquillo, Sevilla, con Rafael Vizcaíno, el ciclista que varios años consecutivos se llevó un premio a la constancia en esta prueba. También estaban los del C.C. Cástulo, de Linares, protagonistas de la última edición del Ascenso a la Pandera. Los saludé brevemente y continué viendo participantes. Me llamó la atención un ciclista moreno con pinta de profesional, vestido de blanco con la bandera de Bolivia. Desde luego, había mucho nivel. Justo cuando estaban dando la salida alguien me llamó a mi espalda. Era el ciclolistero Roberto García, que se había escapado de Madrid para pasar el fin de semana en Granada, y quiso subir el Veleta.
Comencé la ascensión con Roberto, comentándole algunos aspectos de la subida, que él no conocía. Apenas a un kilómetro de la salida mi velocímetro dejó de medir inesperadamente. Me detuve para revisarlo, pero no pude volver a ponerlo en marcha. Se quedó sin pilas. Estas cosas pasan justo cuando más fastidian. Tuve que resignarme y volver a la marcha. En poco tiempo volví a integrarme en el grupete con Roberto. Pasamos los primeros kilómetros de forma muy fluida, en medio de una animada conversación, y apenas noté las rampas supuestamente duras que hay al principio. Antes de que empezara a notar cansancio llegaron el par de descansillos y el primer avituallamiento, que estaba más o menos en el kilómetro 15. Roberto y yo seguimos subiendo juntos algunos kilómetros más. La verdad es que me sentía muy bien de fuerzas, no necesitaba comer apenas y no paraba de superar grupitos de ciclistas. La temperatura subía, pero no llegamos a los 40º de hace dos años. Nos quedamos en unos 38º. Ya se empezaban a ver algunos síntomas de cansancio en la gente que adelantábamos. Roberto quería regular un poco más, y me dijo varias veces que me marchara por delante. Le dije que iría con él hasta Pradollano, a unos 2000 metros. Pero en el kilómetro 18 aproximadamente afrontamos una zona de curvas en revuelta donde me adelanté un poco y él me convenció definitivamente. En ese punto empecé una especie de contra reloj, adelantando continuamente a grupitos de ciclistas y entablando cortas conversaciones con algunos cuyos maillots reconocía, por ejemplo un gaditano afincado en Cataluña, con culotte del famoso C.C. Gracia. Rebasé también a mis paisanos del C.C. Cástulo, de Linares, y llegué sin apenas cansancio al avituallamiento de Pradollano, de donde estaban partiendo en ese momento mis otros paisanos, los Amigos de la Bicicleta, de Los Villares, un pueblo de Jaén muy cercano al mío, situado al pie de la Sierra de la Pandera, que suelen tener amplio protagonismo en el Ascenso a la citada cumbre cada año. Paré lo justo para reponer bebida y me volví a poner en marcha, procurando mantener siempre los 11 km/h que me permitirían alcanzar mi objetivo de hacer la subida en menos de 4 horas.
En las duras rampas de la zona de la ermita de la Virgen de las Nieves, una vez superada la valla que da acceso al Parque Nacional, empecé a sentirme más cansado. Ya no pedaleaba con la alegría de los kilómetros precedentes. Me quedaban aún 13 kilómetros de subida, con 700 metros de desnivel aproximadamente. En ese punto recurrí al tercer plato, era el momento justo de utilizarlo y recobrar el ritmo anterior. En una de las revueltas alcancé de nuevo a mis amigos de Los Villares, que se habían detenido porque uno de ellos sufrió un tirón. Estos kilómetros finales son una serie de curvas y contracurvas, precipicios pedregosos a la izquierda, grandes grietas en lo que queda de asfalto y mucha grava suelta. Afortunadamente no hubo rachas de viento, que siempre es el principal enemigo de quien intenta llegar al Pico Veleta. Uno va sintiendo la proximidad de la cumbre, pero a la vez el camino parece interminable. Los que ya bajaban nos iban animando a los que subíamos. Yo ya no adelantaba a tantos ciclistas como antes, las distancias parecían estabilizadas y mi ritmo era cansino, pero continuo. A dos kilómetros de la cumbre vi que llevaba invertido un tiempo de 3:45. ¡¡Podía conseguir mi objetivo!! No hice ningún esfuerzo adicional. Me limité a seguir con mi marcheta; en el último kilómetro me adelantaron algunos ciclistas a los que yo había adelantado antes, espoleados por la proximidad de la meta. En la recta de llegada incluso sentí que esprintaban, y entré a cola de un grupito de cuatro o cinco, mirando mi reloj con alegría, porque había conseguido hacerlo en 3:57 h. La citada avería de mi velocímetro me impidió descontar el tiempo de las paradas.
Poco más tarde llegaron los de Los Villares. Comencé la bajada con ellos y nos paramos en una curva para disfrutar del paisaje y esperar a un colega suyo. Allí vi subir a muchos conocidos, como Roberto. Me pareció que iba fresco, con mucha cabeza, como debe hacerse en estos casos. La bajada hasta Pradollano es muy difícil para mí, con tantos baches y curvas peligrosas. Los de Los Villares se fueron por delante, y Roberto me alcanzó, aunque se quedó en el Centro de Alto Rendimiento, donde estaban las duchas, mientras que yo (que tenía que seguir en bicicleta 20 kilómetros más, para bajar hasta Pinos Genil) me fui directamente a la carpa de Pradollano; allí dieron una buena comida, con bebida a discreción, y muchos premios, entre otros al ciclista boliviano. No volví a ver a Roberto por allí, así que asumí que nos habíamos despedido a la francesa. Ya nos veremos en otra ocasión. Finalmente inicié el descenso con los ciclistas de Los Villares. Fue una agradable bajada por una carretera bien asfaltada, y volví a mi pueblo en coche, con la satisfacción del objetivo cumplido.
La organización me pareció estupenda, como siempre, aunque me decepcionó que en el último avituallamiento, ya en pleno parque nacional, te daban botellines de agua en marcha, con lo que todos los ciclistas los tiraban a la cuneta, vacíos, unos metros más arriba (e incluso kilómetros en algunos casos). Yo fui el único ciclista que paró para tirar la botella allí mismo, en el contenedor, ante la sorpresa de los propios organizadores. También vi envoltorios de barritas y ampollas por el asfalto, aunque no demasiados, la verdad. Pero a mí me parece que un solo envoltorio en la calzada ya es negativo. La limpieza sigue siendo nuestra asignatura pendiente.
Creo
que volveré.
José
A. Jiménez
Castillo
de Locubín, 24 de Julio de 2006
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