XI MARCHA CICLOTURISTA SUBIDA AL PICO VELETA (25 de Julio de 2004).

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Durante la marcha no pude realizar fotos, porque obviamente tenía otras cosas en qué pensar. Pido disculpas por la mala calidad de estas fotos, que han sido extraídas de una grabación en vídeo que realicé en otra ocasión, en la que subí también en bicicleta. En todo caso, son suficientes para hacerse una idea del terreno al que nos enfrentamos.

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DATOS:
Longitud: 38 km.
Desnivel acumulado: 2395 m.
Tiempo máximo: 5 h.
Dificultad: Muy alta
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SALIDA:
Pinos Genil, junto al hotel Bella María, a las 9:00 h.

PERFIL:

 

MI CRONICA DE LA SUBIDA AL PICO VELETA 2004

(escrita el 26 de Julio de 2004 en Castillo de Locubín)

Ayer se celebró la XI Marcha Cicloturista Subida al Pico Veleta, con unos 900 valientes que salimos de Pinos Genil, a 800 metros de altitud, en dirección al cielo. La meta estaba situada a 3200 metros de altitud, justo al final de la carretera asfaltada más alta de Europa, en un terreno volcánico y abrupto, con rocas de color gris oscuro y abismos desprovistos de vegetación, que daban a la marcha un carácter de aventura sin igual. Aún quedaban bastantes neveros en las inmediaciones de la cumbre. A partir de la meta se podía seguir un camino de tierra que no llegamos a subir, pero me lo apunto para volver un día con la bici de montaña. Aunque se dice que la meta está en el mismo pico, lo cierto es que queda una distancia que no conozco exactamente para llegar al vértice geodésico. Eso sí, desde la meta la vista de las montañas de alrededor es preciosa. En los días claros se ven las Alpujarras y la costa. Esta vez no tuvimos suerte, porque el ambiente era brumoso, con la calima veraniega típica de días calurosos. A cambio, tuvimos la suerte de no sufrir el viento tan temido a partir de los 2800 metros de altitud. Hace un par de años intenté dos veces subir la parte final del recorrido desde Pradollano con mi BTT. La primera vez tuve que dar la vuelta por el insoportable viento a partir de la ermita de la Virgen de las Nieves. La segunda vez, llegué hasta el punto donde acaba la carretera asfaltada, pero el viento era también muy duro, y pasé miedo en el descenso.


LA SALIDA

La marcha comenzó a las 9:15 h. Entre bromas comentábamos que la organización tendría que cerrar el control a las 14:15 h. Desde la salida cada uno marcó el ritmo que creyó apropiado para cumplir sus propios objetivos. Había que recorrer los 38 kilómetros que nos separaban de la meta en menos de 5 horas para entrar dentro de control. Unos amigos del Club Ciclista El Ronquillo, de Sevilla, vienen haciendo esta marcha todos los años y coparon nuestra atención en la zona de salida. Es un club creado hace sólo dos años, y tienen una afición formidable, con muchos chavales jóvenes, que se marcan esta marcha como el plato fuerte de la temporada. Uno de los creadores de ese club, Rafael Vizcaíno, es una leyenda de esta marcha, porque ha venido participando en los últimos 5 años, después de aficionarse al ciclismo con 40 años. Es un ejemplo de coraje. Tras fracasar tres años consecutivos en su intento de llegar a la meta en el tiempo previsto, por fin lo consiguió en la edición del 2003. Su pundonor ha sido premiado por la organización en las ediciones pasadas, llegase o no a la meta. Este año también lo ha logrado. ¡Bravo por él!

Los seis compañeros de mi pueblo (Castillo de Locubín) que nos aventuramos subíamos por primera vez. Yo era el único de ellos con bicicleta de carretera. Cinco de nosotros habíamos participado también en la Marcha Ascenso a la Pandera, hace dos meses, en la que sólo yo pude terminar el recorrido completo, pero esa es otra historia. En la salida había unos guardias civiles, y uno de ellos nos pareció familiar. Resultó ser Javi, de mi pueblo, a quien conocía bastante de la época de bachiller. Nos alegramos mucho de vernos. Su compañero, que llevaba cámara, nos sacó unas fotos junto a la salida, y también algunas más tarde, en pleno esfuerzo, cerca de Pradollano.

Yo soy un ciclista pesado, poco explosivo. Cuando afronto una subida como la del Veleta regulo mis fuerzas desde el principio, sin cebarme en ningún momento. Prefiero que me sobren algo al final a quedarme tirado con calambres, como le ocurrió a muchos, tanto en la Pandera como en el Veleta.

Desde el principio me empeñé en frenar a los dos colegas más impetuosos, que se animaban con el ritmo de ciclistas que nos adelantaban. Creo que la clave del éxito estuvo precisamente en la mesura del principio. Nos marcamos una velocidad constante de 10-11 km/h en las rampas constantes entre el 5 y el 9% de los primeros 8 kilómetros. Dos de nosotros, que confiaban menos en sus fuerzas, salieron 15 minutos antes de la salida oficial, y nos cogieron una importante ventaja. A uno de ellos no lo ví más en todo el recorrido. A ratos tiraba yo, con mi cansino y constante pedaleo, pero los impetuosos Rafa y Miguel no tardaban en alegrar la marcha hasta que yo les aconsejaba algo de tranquilidad. Así fueron transcurriendo los primeros kilómetros, con una temperatura de 27º que fue subiendo paulatinamente.


LOS AVITUALLAMIENTOS

En el kilómetro 12 ya teníamos 32º y ni rastro del avituallamiento que nos habían asegurado encontraríamos allí. La subida continuaba constante, sin prisa pero sin pausa. Creo que es el puerto más continuo que he hecho en mi vida. Sólo recuerdo un par de descansos cortos, de apenas unos centenares de metros, en los 38 kilómetros de ascensión.

Los kilómetros pasaron lentos y el deseado avituallamiento llegó en el km. 14,340, a 1670 metros de altitud. Allí estaba uno de nuestros paisanos. El otro había salido como una bala para arriba. Llevábamos 1 h 15 m. La media no era muy alta, pero entraba dentro de mis previsiones. Tomamos cantidad de agua, bebidas isotónicas y pastelillos, y reanudamos la marcha rápidamente para no enfriarnos (es un decir, con 33º a la sombra).

En el km. 20 de subida mis colegas Miguel y Manolo, que iban frenándose todo el rato, nos cogieron unos metros de ventaja. Rafa y yo les dejamos ir, porque yo prefería seguir subiendo con la cabeza, y no dejarme engañar por las piernas. El segundo avituallamiento estaba a 22 kilómetros de la salida y 2160 metros de altitud, cerca de Pradollano. la temperatura era ya de 36º. Efectivamente, se estaban cumpliendo las previsiones que aseguraban que sería el día más caluroso del año. Llevábamos 2 h 10 m, lo cual entraba dentro de mis cálculos. Esta vez descansamos algo más e hicimos unos estiramientos. Nos encontramos con mi amigo Eduardo, de El Ronquillo, que estaba subiendo con algunas molestias en el estómago.

Desde este punto Rafa y yo hicimos una subida memorable. La más bonita de mi vida. Nos acoplamos perfectamente, a ratos tiraba uno y a ratos el otro. En la recta por encima de Pradollano nos adelantó Alfonso, de Cicloaxarquía, a quien conocí hace dos meses en La Pandera. Fue una grata sorpresa encontrarlo allí. Le pregunté por Rafa Rúa, conocido ciclolistero. Parece que venía un poco más atrás. Me habría encantado saludarlo, pero no lo vi en la subida ni en la carpa del final. Es buena gente.

Unos kilómetros más adelante nos encontramos pedaleando junto a Cecilio Benito, del club de BTT Luis Valtueña, con quienes solía salir yo en 1999 en Madrid. También fue agradable saludarlo.

En el kilómetro 24 registré la máxima temperatura de la jornada, 41º a 2275 metros de altitud. Desde allí, a medida que nos acercábamos a la arista de la montaña, la temperatura fue bajando progresivamente. Un poco más tarde llegábamos al último punto al que podían subir los coches, a 2475 metros, cerca de la ermita de la virgen de las Nieves. El último avituallamiento estaba a 2613 metros, en el kilómetro 29,31. Nos faltaban 600 metros de ascensión en 9 kilómetros, y llevábamos 3h 20m hasta ese momento. Teníamos margen de sobra, pero venía el terreno más temido. Tanto Rafa como yo habíamos tenido amagos de calambres en los adductores, así que nos tomamos el tiempo necesario para descansar, beber y estirar un poco. El paisaje ya era terriblemente descarnado, rocoso, espectacular. La carretera se empinaba sinuosa pero firme en su decisión de alcanzar la cumbre del Veleta, que se vislumbraba entre brumas. La temperatura había bajado a 31º


PODEMOS HACERLO!

Los últimos 9 kilómetros de subida son sin duda lo más duro de la excursión. Las rampas son continuas. Fue una interminable sucesión de curvas, algunas de ellas con pendientes del 12% seguidas de cortos descansos entre el 4 y el 8%, pero siempre ganando metros. Empecé a oir las pisadas de alguien por detrás. Era un atleta que venía corriendo cuesta arriba, acompañando a una ciclista. Hicimos juntos prácticamente los últimos 4 kilómetros. He observado en las marchas duras que he realizado, como esta y la de La Pandera, que hay dos clases de ciclistas, los que suben sufriendo calladamente y los que, como yo, cuanto más dura es la pendiente más exteriorizamos nuestro sufrimiento. Yo no paro de hablar, parece que me animo a mí mismo. Iba mirando el reloj y a cada poco le gritaba a Rafa: ¡vamos, Rafa, que podemos! ¡Estamos en tiempo! Esa fue la frase más repetida en los últimos 4 kilómetros. A ratos se quedaba él 4 ó 5 metros, y a ratos me quedaba yo, pero se notaba que estábamos eufóricos porque íbamos a alcanzar la meta en nuestro primer intento.

Ya no paraban de bajar ciclistas que habían finalizado la prueba. Uno de ellos derrapó en una curva con grava suelta y casi me llevó por delante. A 1 km. de meta vimos a nuestros paisanos Manolo, Kiko y Miguel, que ya bajaban y nos dieron ánimos.

De repente, a la vuelta de una curva, vimos un grupo de gente junto a un coche. Grité: "¡Rafa, es la meta!", y el dijo "No puede ser, el pico se ve todavía lejos." Pero al llegar a la altura del coche nos preguntaron el dorsal y tomaron los tiempos. ¡¡Era la meta!! Por nuestro reloj, habíamos invertido 4 h 06 m de tiempo neto. Para la organización probablemente rondábamos las 4 h 30 m, lo cual estaba muy bien. Habíamos cumplido perfectamente nuestras previsiones, sin hacer derroches. Todavía sentía que, de haber sabido exactamente la distancia de la marcha, podía haber apretado más los últimos dos kilómetros. En cualquier caso me sentía pletórico. En total fueron 38 kilómetros de ascensión. La temperatura había bajado hasta los 23º.

También acababa de llegar a meta mi amigo Eduardo. Pensé que su mujer, Macarena, que había iniciado la subida con él, se había quedado a mitad de recorrido, en Pradollano, pero para mi sorpresa llegó apenas 5 minutos más tarde. Ella fue una de las pocas mujeres que alcanzaron la cima, lo cual es admirable.

Todos juntos y contentos, los de El Ronquillo y nosotros, bajamos hasta la carpa de Pradollano, donde nos dieron una bolsa de picnic con bocadillos y entregaron gran cantidad de premios. Allí nos reagrupamos todos los del pueblo, junto a nuestro amigo Javi, el guardia civil, comentamos las sensaciones de cada uno y volvimos a Pinos Genil para recoger los coches.

 

José A. Jiménez
Castillo de Locubín