XI MARCHA CICLOTURISTA INTERNACIONAL PERICO DELGADO (29 de Agosto de 2004 - Segovia)

Volver a la página principal

Longitud: 155 km.
Dificultad: Muy alta
Leer crónica de la marcha

SALIDA:

Plaza del Azoguejo, en Segovia, bajo el Acueducto Romano.
Inscripciones y Meta en el Polideportivo Pedro Delgado, en la carretera de La Granja / Puerto de Navacerrada.

CIFRAS DE LA MARCHA:


MI CRÓNICA 

Mi primera participación en la Marcha Cicloturista Internacional Perico Delgado no ha podido ser más satisfactoria. Esta temporada no había hecho ninguna etapa con mas de 130 kms, y tampoco había subido varios puertos "de verdad" seguidos, aunque la subida al Pico Veleta, que hice en Julio, es como los cuatro puertos de la Perico seguidos. También he hecho últimamente muchas salidas con bici de montaña por la Sierra Sur de Jaén, lo que me hacía sentirme fuerte. En todo caso, un acontecimiento de esta entidad siempre acongoja bastante, especialmente la primera vez. Un compañero de trabajo, Nacho, se decidió a participar, y se vino en coche conmigo. Cada uno tenía claros sus objetivos: yo pretendía terminar la prueba dentro del tiempo de control, Nacho aspiraba a intentar luchar por el oro, pese a "no estar muy preparado este año", según decía. El es uno de los tipos más fuertes del club Pueblo Nuevo y, por supuesto, consiguió el diploma de Oro.

¿PERO ESTUVIMOS EN EL ACUEDUCTO?

La llegada al pabellón a las 7:30 h de la mañana fue bastante difícil, porque no estaba indicada (o no vimos nada por el nerviosismo del momento). Al final seguimos a varios coches cargados de bicicletas y nos encontramos aparcando en medio del campo de fútbol de tierra junto al polideportivo. Recogimos los dorsales y los chips de control a toda prisa, y nos fuimos hacia el acueducto a las 8:00 h.

La imagen más impresionante del día llegó cuando vi la explanada tomada por más de 1500 ciclistas. Minutos más tarde recordé que había estado junto al acueducto y ni siquiera había echado una mirada para arriba. Me reuní con mis compañeros del Hortaleza y alguno del Pedalibre. El ciclolistero Antonio también estaba por allí en su doble condición, actuando como nexo entre los grupos.

Comenzamos la marcha con un retraso lógico de 15 minutos y la masificación esperable al tener que pasar todo el mundo bajo el arco salida, pero en la cuesta abajo el grupo se estiró mucho y la circulación se hizo bastante fluida, salvo en algún repecho a la salida de la ciudad. Hacía fresco, pero no eché de menos los manguitos, y vi que ya no tendría problemas de frío el resto del día.

¿NEUTRALIZADOS?

En Torrecaballeros acabó la marcha neutralizada (aunque yo no me había sentido "neutralizado" en absoluto) y cada grupo se puso su ritmo. Nosotros estuvimos circulando un buen rato junto a unos chicos de Zafra que iban a buen ritmo, pero mi colega Miguel Angel se empeñaba en dar caña, y quería progresar. Los adelantamos, aunque volvimos a encontrarnos con ellos en repetidas ocasiones.

El paso por Navafría fue muy bonito, con gente animando desde las aceras. Comenzó el único puerto que era desconocido para mí. Me pareció bastante bonito, entre pinares, y con buen asfalto. Lo subimos de forma ágil, capitaneados por Josu, del Pedalibre, y pronto nos encontramos arriba, donde cambió completamente la decoración. La carretera de bajada a Lozoya era infernal, con baches, gravilla suelta y locos lanzados hacia abajo, a pesar de que existía la posibilidad de encontrar tráfico en contra.

Como era lógico, me descolgué en la bajada. Llegando a Lozoya me adelantó Josu, con su típico estilo acoplado al manillar y su transportín con tartera. ¡Qué raro! -pensé-, juraría que iba delante de mí. Luego supe que había tenido un encuentro amoroso, revolcón incluido, con un pino de la cuneta. Afortunadamente, sin consecuencias.

LA MITAD FÁCIL

Al cruzar Lozoya me encontré sin grupo, y me tocó rodar por el llano para contactar con mis colegas de Hortaleza, lo que conseguí sin dificultades. Me sentía bien. En la subida a Canencia formamos grupo los cuatro de Hortaleza (Antonino, Miguel Angel, Antonio y yo) más Josu, de Pedalibre, y un chaval que fue miembro de Hortaleza en el pasado (Jesús). Hicimos una subida tranquila, pero en la parte más dura, cuando estaba en animada charla con Jesús, vi que los demás se habían quedado un poco. Me sorprendí bastante, porque en mis últimas salidas con el club yo era el que iba peor en las subidas. Llegué a Canencia muy bien, cada vez más animado, hasta que alguien dijo la gran verdad: "Ya hemos hecho la mitad fácil del recorrido". Efectivamente, convenía no estar eufórico, que aún quedaba mucho. Nos dimos el gran festín en el banquete, que no avituallamiento, de Canencia. El personal de la organización estaba extraordinariamente amable con los ciclistas, y te invitaba a comer más. Saludamos a Manolo, otro miembro del Hortaleza que había venido a hacer una parte del recorrido con nosotros y nos acompañó hasta la mitad de la subida a Morcuera.

La bajada de Canencia fue mucho más fácil para mí y en Miraflores nos agrupamos todos para asaltar la Morcuera. Todo el mundo hablaba del temido kilómetro 13 y de lo larga y aburrida que era esta subida. De repente se nos unió una pléyade de ciclistas con transportín. Era el conocido "pakefte", un grupúsculo de Pedalibre que, aparte de las rutas alforjeras, hace incursiones en las marchas cicloturistas. Montamos una tertulia socio-cultural muy interesante hasta la mitad de la subida. Cuando el grupo se fue disgregando me encontré tirando para arriba, en solitario, y bastante bien de fuerzas, así que en los últimos kilómetros fui adelantando ciclistas y llegué arriba, donde cogí un bidón con sales y esperé a los demás. Me encontré al ciclolistero Alberto, al que no conocía. Apenas tuve tiempo de saludarlo, porque mis colegas ya estaban empezando a bajar y, teniendo en cuenta mi torpeza en el descenso, más me valía salir por ellos.

EL ÚLTIMO ESFUERZO

La subida a Cotos fue una copia de las anteriores, pero Miguel Angel, que estaba realmente sobrado, tiró hacia delante por consejo de Antonino. Esta vez apareció otro ciclista de Pedalibre, que nos acompañaría sólo este puerto. Parece que este grupo tenía preparada una estrategia perfecta. Nos adelantó un grupo y creí ver de nuevo a Alberto entre ellos. En varios puntos de este último puerto nos encontramos con unos señores muy amables, que nos ofrecían botellas de agua sin bajarnos de las bicis. Siempre eran los mismos, parece que tenían asignados un grupo de ciclistas, lo que da una idea de la magnitud de la organización. También nos adelantaron varios coches de apoyo mecánico. La verdad es que no me sentí abandonado en ningún punto.

El termómetro de mi ciclocomputador marcaba 34º. Estaba haciendo más calor del esperado. Josu estaba intacto, y tiraba del grupo con energías, seguido por Antonio. En las rampas más duras de Cotos les sugerí que bajaran el ritmo; después sufriría las consecuencias el propio Antonio, que tuvo que parar a descansar un poco. De nuevo hice en solitario los últimos dos kilómetros, seguido muy de cerca por Antonino.

Llegué junto a una pareja (chico y chica) que estaban haciendo la marcha juntos. Me llamó la atención un ciclista con maillot rosa, al que había adelantado sistemáticamente en los dos últimos kilómetros de los cuatro puertos. El hombre iba muy atrancado, sin ninguna cadencia. En los tres puertos anteriores le miré el desarrollo y vi que, a pesar de tener tres platos, llevaba puesto el mediano. No entiendo por qué no cambiaba al pequeño, para ir más desahogado. Yo no tuve ningún reparo en poner el tercer plato durante casi todas las subidas. Me encuentro más cómodo con el plato pequeño y bajando un par de piñones que con el plato mediano. En Cotos el hombre había puesto por fin el plato pequeño. Pese a todo, le vi igual de atrancado que en los puertos anteriores.

MI CALVARIO PARTICULAR

En Cotos noté un pequeño dolor en el cuádriceps derecho. Intenté estirar pero el dolor se agudizó. Pensé que iba a sufrir un tirón y me preocupé mucho. Bebí mucho y me tomé dos tajadas de sandía, que me sentaron estupendamente. Nos agrupamos Miguel Angel, Antonino y yo. El tiempo pasaba y no teníamos noticias de Josu y Antonio. Empecé a sentir frío y decidimos marcharnos, porque sabíamos que ellos estaban bien acompañados. En el falso llano hasta Navacerrada vi que mi dolor persistía y mi sensación de frío aumentaba. No pude hacer ninguna exhibición en mi mejor terreno y mantuve a duras penas el contacto visual con mis compañeros.

La bajada de Navacerrada es muy rápida, y las Siete Revueltas son una zona especialmente poco adecuada para mi condición de globero miedoso. Me adelantó todo el mundo y perdí de vista a Antonino y Miguel Angel, que bajan mucho mejor. Pensé que, en condiciones normales, podría volver a contactar con ellos en el llano, pero me equivoqué. Hice realmente rápido la zona de Boca del Asno y la Pradera de Navalhorno, pero en los repechos de La Granja me volvía a pinchar el muslo, así que bajé el ritmo. Pasado Riofrío empecé a notar que se me agarrotaba el gemelo izquierdo y me dolían tremendamente los dedos del pie. ¡No puede ser, si sólo faltan 10 kilómetros!

En los últimos tramos todavía me adelantaron varios grupos y mi velocidad bajó muchísimo. El jodido polideportivo no se veía a lo lejos... El dorsal 646, a quien había adelantado yo antes de llegar a La Granja (me fijé en él porque mi número estaba cerca, el 648) me adelantó y me pegué a él para hacer los últimos 5 kilómetros. Gracias a él entré en el polideportivo por el sitio correcto. A diferencia de lo que me ocurrió en la Pandera, esta vez no habían desmontado el arco de Meta.

CONCLUSIONES

Estoy muy feliz con las 7 h 21 minutos de mi primera participación en esta marcha. Mi colega de trabajo Nacho, a quien habíamos dejado en esta narración junto al arco de Salida, estaba en la meta desde 2 horas y media antes. Me dijo que se había puesto ciego de pasta y coca-cola, pero aún se tomó otro plato de pasta conmigo, en el césped. Pedro Delgado estaba por allí, repartiendo saludos, sonrisas y autógrafos a todo el mundo. La organización fue magistral y los avituallamientos, estupendos.

Nada que alegar en contra de esta marcha aunque, como siempre ocurre en estos casos, vi bastantes envoltorios de barritas, botellas vacías y toda clase de desperdicios en las cunetas de los puertos. Es una pena que alguien piense que merece la pena ensuciar la cuneta para ganar 30 segundos en la meta o para no manchar el bolsillo del maillot. Pese a todo, los chicos de la organización no paraban de recoger desperdicios y supongo que al final dejaron la carretera bastante decente.


José A. Jiménez
Madrid, 30 de Agosto de 2004.