Longitud: 111 km.
Dificultad: Alta
Leer crónica de la marcha
PERFIL:

La épica y la historia de la Vuelta Ciclista a España vienen a la memoria de cualquier aficionado que se acerca a los Lagos de Covadonga. Ya en la entrada de Cangas la noche anterior se percibía el olor y el sabor de los grandes momentos. Dos letreros luminosos con el texto "Bienvenidos" nos recibieron a los expedicionarios del club ciclista Hortaleza, después de conducir algo más de cinco horas en coche desde Madrid.
Más de dos mil ciclistas estaban inscritos en esta edición de la Clásica, pese a que las predicciones meteorológicas auguraban lo peor para un día como este. El mal tiempo, lejos de ser un factor disuasorio, casi podía considerarse un atractivo más. Subir a los Lagos en medio de la niebla, como tantas veces hemos visto hacer a nuestros ídolos del ciclismo televisado, es una experiencia que no se olvida. La imagen de la basílica de Covadonga junto a la rotonda cuajada de gente animando, las interminables rampas de la Huesera, la frondosidad de los bosques del Fito y los gritos de ánimo de la gente cruzando el puente de Ribadesella han hecho de esta marcha la más inolvidable de mi vida hasta el momento.
Los primeros 100 kilómetros de recorrido se me pasaron en un suspiro, junto a mi amigo Eugenio (Buje) y un compañero de club, Paulino, que iba un poco justo en las subidas pero se esforzaba en mantenerse con nosotros. Subimos el Fito prácticamente en pelotón, por lo que se me hizo muy suave. El descenso por la parte más empinada me recordó que estaba lloviendo sin parar desde la noche anterior, y ahora además llovía hacia arriba. El chiste del momento fue que nos estábamos ahorrando la bebida isotónica, porque el agua nos llegaba directamente a la boca, enriquecida con las sales minerales del asfalto...
Tras un descenso en el que fuimos formando grupúsculos, pasamos Ribadesella en medio de una nutrida congregación de espectadores que nos animaron con energía. Casi sin darme cuenta me encontré pedaleando a la cabeza de un grupito, espoleado por el público y por la emoción, y así llegamos al primer avituallamiento de la jornada. Tras una breve parada reanudamos la marcha para evitar quedarnos demasiado fríos, y afrontamos la zona de toboganes junto a la costa, donde pequeños grupos se fueron uniendo y terminamos formando un autobús de más de cincuenta ciclistas, comandado por dos chicos y una chica vestida del Euskaltel. Estuve un rato en medio del pelotón, en una posición muy incómoda porque me salpicaba el agua de las ruedas que iban por delante. Varias veces intenté pasar al relevo porque quería avivar el ritmo y de paso librarme de los salpicones, pero la gente no estaba por la labor y prefería acomodarse a la velocidad constante de los vascos, hasta que la chica se hartó de llevar tanta gente a rueda, abriéndose y dando paso al caos en el seno del grupo. El pelotón volvió a recomponerse con otros integrantes y ahora Buje y yo tirábamos a ratos, hasta que comenzó la subida al Ortiguero, momento en que nos quedamos a cola, escoltando a Paulino, que había sufrido un poco en el Fito.
El puerto del Ortiguero se pasó rápido, y en el descenso Paulino mostró sus dotes de rodador, entrando al trapo en todo momento. Rápidamente alcanzamos Cangas y la rotonda hacia Covadonga. El silencio se hizo en el grupo. Todos esperábamos ese momento mágico en que la torre de la basílica aparecería en el horizonte. Entonces Paulino me dijo que me fuera por delante, ya que haríamos la subida cada uno a su ritmo, y así lo hice. Por su parte, Buje se paró en el avituallamiento, y yo preferí subir por mi cuenta. Más tarde me alcanzaría. En Covadonga estaban los acompañantes de algunos compañeros de club, y en el desvío a la izquierda estaba la Guardia Civil, en medio de cientos de aficionados, que me jalearon, muchos con gritos en vasco, consiguiendo emocionarme y ponerme el vello de punta. Comencé la subida pletórico de fuerzas y de moral, a un ritmo muy vivo que me permitió alcanzar a numerosos grupos de ciclistas en la zona boscosa. Cuando llegué a la zona de la Huesera, la niebla ya invadía el paisaje, puse el tercer plato y noté que ya no pedaleaba tan fluido. Los dos kilómetros siguientes se me hicieron eternos. Dejé de adelantar ciclistas y empecé a ver cómo me daban alcance algunos de los que había adelantado antes. Mis más de ochenta kilos de peso me estaban poniendo en mi sitio. Sin embargo, tampoco llegué a sentir la necesidad de echar pie a tierra. Vi algunos abandonos y algunas averías, y continué con mi ritmo cansino, estimulado por la idea de que lo más duro acababa en el Mirador de la Reina. Más o menos en ese punto me alcanzó y adelantó Buje.
Pese a que teóricamente la pendiente no era tan acusada después del mirador, la Huesera me había dejado muy tocado, y no conseguí recuperar. Otros ciclistas más previsores me adelantaron en esa zona. Aguanté como pude, creyendo que cada curva era la última y frustrándome una vez tras otra, hasta que por fin llegué a la bajada del lago de Enol, y entré en meta bastante destrozado. El avituallamiento me restituyó las fuerzas y comencé el descenso, algo frustrado pero contento de haber llegado hasta arriba. Paulino ya había superado el Mirador de la Reina, tras un pinchazo en la Huesera. Lo vi subir con energía, creo que lo hizo muy bien. Justo al bajar la zona de rampas más duras, noté que mi llanta delantera daba en el suelo. Había pinchado. Tuve que cambiar la cámara y vi que casi se me habían agotado las zapatas de freno, convirtiéndose en una pasta negra grasienta que lo manchaba todo. Terminé con las manos y el maillot llenos de tizne negro, y la lluvia no cesaba...
De esa guisa llegué al polideportivo, donde la organización (por cierto, extraordinaria en todos los sentidos) tenía preparada una pequeña fiesta con comida y entrega de diplomas en directo. Al final acabé en el puesto 1356, empleando en tiempo neto de subida 1 h 20 m.
Ha sido un espléndido entrenamiento para el Ascenso a la Pandera, mi próxima prueba, dentro de dos semanas. Y ahora que hago un repaso de la orografía de la subida a los Lagos, me parece que es bastante equiparable a la de la Pandera. Salvando las distancias, puesto que la sierra de la Pandera es áspera y rocosa mientras que la subida a los Lagos es húmeda y frondosa (al menos en su parte más baja), ambas subidas se caracterizan por una rampa que se agarra a la ladera durante un par de kilómetros que parecen inacabables. Si bien la subida a los Lagos es más larga, la de la Pandera tiene rampas más duras, que se hacen especialmente agobiantes con el calor del sur. En mi opinión, si sumamos el puerto previo que siempre hay que subir antes de empezar la ascensión propiamente dicha a la Pandera, creo que esta puede considerarse más dura que los Lagos.
José A. Jiménez, 21 de Mayo de 2007