XVI MARCHA CICLOTURISTA SUBIDA A LA VIRGEN DE LA SIERRA
(6 de Agosto de 2006).

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DATOS:
Longitud: 70 km. (más 15 kilómetros de descenso hasta el punto de partida en Cabra)
Desnivel acumulado: 1450 m.
Tiempo estimado: 3:30 h.
Dificultad: Alta 

SALIDA:
Plaza de España en Cabra, Córdoba, a las 9:00 h.

PERFIL:

 

MI CRONICA DE LA SUBIDA AL SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA SIERRA, 6 DE AGOSTO DE 2006

(escrita el 9 de Agosto de 2006 en Castillo de Locubín)

Acostumbrado a dormir poco las vísperas de las marchas cicloturistas, a las 6:30 h. de la mañana ya estaba dándome un refrescante baño en la piscina de la casa donde suelo pasar temporadas en mi pueblo natal, Castillo de Locubín. Tenía preparada la ropa de ciclismo, la licencia, los repuestos, algunas provisiones y la propia bicicleta, ya cargada en el coche, listo para desplazarme hasta Cabra, a una hora de viaje, aproximadamente.

No conocía la ciudad de Cabra, pero me habían dicho que había que ir a la plaza del Ayuntamiento para formalizar la inscripción. Llegué al pueblo a las 7:45 y, tras dar un par de vueltas intentando encontrar aparcamiento cerca de la plaza, tuve que quedarme bastante lejos de allí, por las restricciones de aparcamiento. Cuando llegué a pie a la plaza, aún no habían montado la mesa de inscripciones. Tras una breve espera me dieron el primero de los dorsales reservados a cicloturistas federados, el 101, y volví a mi coche con la bolsa de regalos, listo para la marcha. Dejé en el coche las cosas que no necesitaba y, ya con mi equipación del club ciclista Hortaleza, de Madrid, di un par de vueltas al pueblo en bicicleta, para calentar.

En la salida había gente de toda Andalucía, porque la prueba puntuaba para la Copa Andalucía de Cicloturismo. Me encontré con muchas caras conocidas. Saludé a Antonio, un ciclista del 22x28, con quien coincidí en la marcha de la Vía Verde del Tren del Aceite en 2004. También vi gente de los clubes lucentino y egabrense, que suelen participar en bloque en la citada marcha, por la proximidad de las ciudades de Cabra y Lucena. Vi de lejos a Miguel, de la escuela de ciclismo de Torreperogil, con quien había coincidido en los campeonatos de España en Móstoles este mismo año (más tarde compartiría con él un buen trayecto, comentando muchas cosas sobre el ciclismo en Jaén) y, por supuesto, a la amplia representación del club "Amigos de la Bicicleta", de Los Villares, con quienes ya estoy estableciendo una cierta amistad, por coincidir en marchas de nuestra zona, habitualmente en la Pandera y hacía sólo dos semanas en la Subida al Pico Veleta en Granada.

La ruta comenzó con un retraso de más de veinte minutos, pero no me aburrí, conversando con la gente que tenía alrededor. Parecía que había unos 200 ciclistas, aunque al final me dijeron que probablemente no habíamos superado los 150. Se trata de una marcha donde habitualmente no se da cita un elevado número de corredores, supongo que por miedo al extremo calor que suele hacer por estas tierras del sur de Córdoba (el centro geométrico de Andalucía) en estas fechas.

El trazado discurría al principio por amplias carreteras, con buen firme, en dirección a Doña Mencía, hasta que tomamos la salida a Zuheros, un espectacular pueblo que parece colgado de la sierra, con preciosas callejuelas blancas plagadas de flores, típico pueblo andaluz, muy visitado por el turismo y conocido por la impresionante Cueva de los Murciélagos. Acercarse a este pueblo por una carretera estrecha, surcando el barranco del río Bailón por un puente antiguo y viendo encima el castillo que se yergue orgulloso sobre las rocas, que mantiene un inexplicable pulso contra las fuerzas de la naturaleza, es un verdadero regalo para la vista. Si además se respira el olor a tomillo y romero, típico de estas sierras subbéticas cordobesas (y también de las jiennenses), ya tiene sentido el haberse desplazado hasta aquí, aunque sea desde muy lejos. A estas alturas de la marcha, con escasos veinte kilómetros recorridos, y antes de que el sol comenzara a apretar como sólo en estas tierras sabe hacerlo, yo todavía me encontraba muy bien, y podía disfrutar de las vistas y las sensaciones de estas montañas. Iba charlando animadamente con Manolo y el "moro", dos de los ciclistas de mi pueblo vecino, Los Villares. Y en esas estábamos, cuando afrontamos la subida que culminaba en las calles del pueblo de Luque, en una amplia plaza junto a la iglesia. Allí se detuvo la marcha unos minutos, para dar cuenta de un copioso avituallamiento a base de dulces de la tierra, zumo y plátano.

La reanudación cambió por completo el decorado de la marcha para mí. A escasos 5 kilómetros de Luque pinché la rueda delantera, cuando el pelotón rodaba agrupado. Me vi superado por el grupo, la ambulancia y coche escoba, y renuncié (lógicamente) a subirme a él. Un coche de asistencia se paró para ayudarme. Cambié la cámara lo más rápidamente que pude, aunque perdí algo más de cinco minutos. Había perdido de vista al grupo y no conocía los cruces que nos esperaban, así que me lancé a una persecución en solitario durante doce kilómetros, por un terreno de continuo rompepiernas. Finalmente me reincorporé al grupo cerca de Zagrilla, y volví con mis amigos de Los Villares. Me dijeron que no habría sido necesaria la paliza que me había dado, porque justo unos kilómetros más tarde íbamos a parar de nuevo. En ese preciso momento volví a notar el contacto duro de mi llanta delantera con el asfalto. ¡Maldición, había pinchado de nuevo!. El "moro" se paró conmigo en primera instancia, ofreciéndome una cámara, pero comprobé que me quedaba una, y no fue necesario aceptar su oferta, así que le indiqué que no me esperara. Había utilizado una cámara reparada, y el parche saltó. Se la di con rabia al conductor del coche de asistencia, pidiéndole que la tirara a la basura. Esta vez ya había varios grupos rezagados, y cuando inicié la marcha no iba yo solo. Aun así, mi orgullo no me permitió dejarme llevar a ritmo tranquilo. Volví a acelerar para buscar el grupo principal, y en uno de los repechos encontré la rueda amiga de Manolo Palacios, de Los Villares, que se había quedado esperándome para ayudarme. Los dos juntos llegamos al grupo, esta vez sin tanto esfuerzo como la primera. Llegamos así al avituallamiento de Priego de Córdoba. En la gasolinera de La Zamora, último avituallamiento líquido, utilicé un adaptador de boquilla para rueda de carretera, que me prestó Manolo, y así pude hinchar correctamente la rueda delantera, que ya no volvió a darme problemas.

En este punto comenzaba la subida del día, con 15 kilómetros de tramo libre cronometrado. Después de los dos calentones que me había dado para recuperar el contacto con el grupo principal, yo ya estaba un poco tocado. Además, el sol cordobés, ese al que ya no estoy tan acostumbrado como en mi juventud, empezaba a hacer mella en mis piernas. Me sentía bastante pesado, no conseguía pedalear con fluidez, y además comencé la subida en los puestos traseros, junto con mis amigos de Los Villares. No tenía muy buenos presagios.

El puerto del Mojón es un repechón de esos que tienen las carreteras modernas. Buen asfalto, amplia carretera con carril para vehículos lentos y terreno muy abierto. El porcentaje no es alto, pero sí continuo. El pelotón iba ya estiradísimo, y podíamos ver cómo la cabeza de carrera ya estaba superando los 792 metros de altitud del puerto, al otro lado de una amplia curva, cuando a nosotros aún nos quedaba casi un kilómetro para coronar. Tras un corto descenso de un par de kilómetros, giramos a la derecha hacia la ermita de la Virgen de la Sierra, a sólo 6 kilómetros de Cabra. En este punto comienza la subida de 7 kilómetros hasta el santuario, atravesando un empinado páramo de roca caliza con matorrales bajos, donde las continuas curvas y contracurvas de pendiente siempre cercana al 10% quedaban expuestas a los mortificantes rayos del sol, que ahora sí, estaba empleándose de lleno en el centro del cielo azul, sin una nube ni una gota de viento que aplacara su virulencia.

Con 39 grados de temperatura a las 12 del mediodía aproximadamente, me sentía como un pollo a la parrilla, tostándome alternativamente el lado derecho y el izquierdo, a medida que giraba en las innumerables revueltas de 180 grados de la subida. Sentía que iba entre los últimos ciclistas. Mis amigos de Los Villares ya se habían ido por delante, y mantenía una distancia más o menos constante con un ciclista de Herrera, Sevilla, que me precedía. Por detrás podía ver todavía en cada contracurva una veintena de ciclistas desperdigados por la subida. Un ciclista vestido de amarillo que jadeaba ostensiblemente me dio alcance y me adelantó, justo al llegar a un collado con un falso llano. Allí nos agrupamos cuatro o cinco ciclistas en una distancia corta, de unos 20 ó 30 metros, y afrontamos los últimos dos kilómetros, deseando que se acabara la tortura cuanto antes. La montaña es rodeada por la carretera  con marmolillos encalados en el lado del precipicio, desde donde se podría disfrutar de una bonita vista sobre la campiña cordobesa, de no ser por la calima que nublaba el horizonte. Yo no estaba para contemplar paisajes, y sólo quería llegar a lo alto cuanto antes, sufriendo con unos porcentajes que alcanzaban en algún punto el 13%. Por fin vi a lo lejos a mucha gente, y llegué al punto donde me tomaron el tiempo de llegada. Mi tiempo: 1:01:46, en el puesto 91. Me daba igual. Sin detenerme me fui directamente a la ermita, donde bebí agua fresquita en una fuente en la pared del patio central. Los turistas que pretendían visitar el santuario no ocultaban la sorpresa por encontrar decenas de sudorosos ciclistas con rostros enrojecidos por el esfuerzo, repartidos por todas partes alrededor de la ermita y los pinares adyacentes.

Me tomé consecutivamente tres refrescos de cola de marca blanca de supermercado y un estupendo plato de paella, que me supo a gloria, recogí mi diploma y regresé a mi coche en Cabra, en un descenso de 15 kilómetros durante el cual hice algunas fotos con mi teléfono móvil, tras despedirme de mis amigos de Los Villares.

Bonita marcha por una espléndida zona, que tiene un inigualable patrimonio artístico y natural, aunque le sobran 10 grados de temperatura, para mi gusto.

Castillo de Locubín, 9 de Agosto de 2006