Una espléndida marcha, la que nos regalaron los amigos del
club MTB - La Grana, sobre todo con gran disposición para que los visitantes nos
fuésemos contentos de allí. A cambio de una escueta inscripción de 5 euros
tuvimos unos avituallamientos completísimos, comida final, bolsa de regalos y
sobre todo, un estupendo día de naturaleza y montaña. La marcha tuvo todo tipo
de alicientes, con subidas de bastante dureza, descensos pedregosos que hicieron
las delicias de los más valientes, paisajes de foto como la peña de Martos o las
aves migratorias en el embalse de Las Casillas, y un precioso descenso sinuoso
por senderos estrechos, en puro bosque mediterráneo. La participación fue
bastante numerosa, con unos 150 ciclistas.
A la salida de Martos en dirección a la sierra de la Grana,
pensaba que nos habían invitado a una ruta tranquila, con algunos tramos duros,
pero no podía imaginarme lo que se venía encima. La primera subida era tendida,
ganando altura sobre la ciudad de Martos. Muy pronto dejamos abajo la
espectacular Peña de Martos con su castillo, y nos internamos en terreno
montañoso, cruzando unos pinares preciosos, con el suelo húmedo por la escarcha
que se iba derritiendo a estas horas. El primer avituallamiento se hizo en la
cumbre de esta montaña, antes de afrontar un rápido descenso por un cortafuegos
que, en algunos tramos muy empinados, me obligó a echar pie a tierra, ya que aún
no soy demasiado valiente con la bicicleta de montaña. Mucha gente también
desmontó, pero los más habilidosos hicieron el descenso completo. Volvimos a
pasar por la ciudad de Martos e iniciamos otro ascenso, esta vez más corto, por
la ladera de la peña, rodeando la ciudad. Tras otro paso más por Martos, nos
dispusimos a abandonarlo por la carretera de La Carrasca, que abandonamos para
seguir por caminos de tierra variopintos. Cruzamos zonas de gravilla, pequeñas
bajadas tendidas y rápidas por pistas anchas y un bonito valle donde vadeamos un
arroyo, seguido de una corta pero dura subida. De esa forma llegamos a Las
Casillas, donde nos brindaron un copioso avituallamiento, con una parada más
larga de lo necesario, para agrupar a todos los ciclistas. El tiempo empezaba a
apremiar. Habíamos recorrido menor distancia de la esperada a esas horas, y mi
cuentakilómetros me indicaba que aún faltaba casi el cuarenta por ciento del
recorrido. Aún me quedé corto en las previsiones, porque el recorrido final
estuvo por encima de los sesenta kilómetros, cuando yo había pensado que eran
unos cincuenta.
La gente hablaba de una cuesta del veinte por ciento, que
tendríamos que afrontar más tarde. Reanudamos la marcha y rodeamos el embalse
del río Víboras, que nos ofreció preciosas imágenes de aves migratorias venidas
para pasar el invierno en nuestras tierras, y rápidamente giramos a la derecha,
por un camino de tierra que subía trabajosamente la ladera de la montaña,
dejando el embalse en el fondo del valle. Yo creía que sólo podían faltar unos
diez kilómetros de marcha, e hice una subida intensa, todo lo rápido que pude,
adelantando a muchos ciclistas. El camino nos llevó a atravesar la montaña por
un collado donde la vegetación cambiaba. La ladera norte consistía en un
descenso tendido y sinuoso, por un estrecho sendero, que levantó la admiración
de participantes que venían de provincias limítrofes, principalmente de Granada.
El sendero nos llevó a la antigua carretera de Jaén, hasta la
aldea de la Venta de Pantalones, donde realizamos un reagrupamiento, para
enlazar con la vía verde del Tren del Aceite. Este terreno ya era conocido para
mí, y pensé que estábamos a punto de finalizar. Mi amigo Jaime, de Alcalá, puso
un ritmo fuerte en el llano, y yo le seguía con fluidez, aunque los kilómetros
empezaban a pesar en mis piernas. Cruzamos dos viaductos metálicos sobre sendos
barrancos, y poco después de la antigua estación de Vado Jaén, cuando yo pensaba
que estábamos a punto de llegar a Martos, la organización nos desvió por un
camino de tierra, que picaba hacia arriba, al principio de forma suave, pero por
momentos la pendiente se hacía más dura y se eternizaba. En esos momentos me
arrepentí de no haberme tomado más en serio la marcha. Realmente había comido
demasiado poco en los avituallamientos, y me había quedado sin agua en mis
botes. Los últimos cinco o seis kilómetros fueron un auténtico calvario, y la
pista de tierra se convirtió en un reguero de ciclistas cansados, deseando ver
aparecer las casas de Martos cuanto antes. A la entrada de Martos nos fuimos
reagrupando los miembros de Ciclocubín y algunos otros ciclistas sueltos, y
formamos una grupeta de diez o quince unidades. El tramo por dentro del pueblo
no estaba señalizado, y nos costó encontrar el auditorio donde se celebraría la
comida final. Pero por fin llegamos y nos recuperamos con la comida y bebida
que, generosamente, había dispuesto la organización. Todo el mundo contento, y
los organizadores, emocionados, porque la jornada había resultado un éxito
total.