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LOS SONIDOS DEL
SILENCIO
Sentado en
mi roca junto
al puerto de Locubín puedo disfrutar de la mejor sensación a
primera hora de la mañana, en cualquier época del
año. La paz que transmiten estas montañas solitarias es
difícil de percibir en otros
sitios. Sólo algún
coche aislado o algún ladrido de perro lejano rompen el
silencio reinante. Suelo aprovechar mis excursiones en bicicleta para
detenerme un momento, con la excusa de descansar tras superar las
rampas del puerto, y absorber con voracidad las imágenes, los
sonidos y los olores de mi sierra Sur. El puerto de Locubín es
uno de los mejores sitios para mirar alrededor. La sierra de la
Pandera, con sus gigantescas antenas y su escarpada ladera en la
vertiente de Valdepeñas, me ofrece una de las imágenes
más llamativas. Hace unos años era una montaña
secreta para mí. Desde que subí a su cumbre por primera
vez, siento un deseo continuado de volver allí, ver sus
piedras de cerca, en todas las épocas y en todas las
condiciones climáticas.
Lo
importante no es el
destino de la marcha, ni la duración del viaje, ni la
velocidad, sino la ruta en sí, todos y cada uno de los
paisajes que se ven a un lado del camino o que se adivinan detrás
del siguiente recodo. La sierra, mi sierra, esconde imágenes
inéditas aunque se repitan los mismos trayectos cada día.
Cada vez que se cruza un pueblo en bicicleta se siente una nueva
experiencia. Cada vez que se alcanza la cima de un puerto, aunque se
conozca el asfalto palmo a palmo, de tantas veces como se ha
serpenteado por esas curvas estrechas, se siente una nueva emoción,
la superación de uno mismo, el verse vivo rodeado de seres
casi invisibles que no pueden percibirse nunca cuando se pasa por
esos mismos sitios a lomos de un ruidoso vehículo a motor. El
cicloturista verdadero aprecia los sonidos del silencio, la brisa que
se levanta acompañando su caminar, percibe la extraordinaria
fuerza de la naturaleza y se siente indefenso ante ella, dejándose
llevar sin saber a ciencia cierta qué dirección tomará
en el próximo cruce.
La Sierra
Sur de Jaén
tiene innumerables rincones que merece la pena recorrer en bicicleta,
tanto por caminos de tierra como por asfalto. Tengo la suerte de
conocer muchos, pero quedan tantos por descubrir que mi particular
reto me parece insalvable. Las sensaciones son tan variadas que
podemos subir por una pista de tierra entre pinares, hacer un
descenso trialero por sendas pedregosas, pasear junto a los álamos
del río o transitar una carretera comarcal. Cada actividad
tiene su recompensa y su particular forma de disfrutarla, y a cada
esfuerzo le sucede un descanso reparador saboreando el frescor del
agua de manantial, en alguna de las muchas fuentes que perviven
diseminadas por la comarca.
Hace años
que vivo
fuera de la Sierra Sur. Cuando cierro los ojos a cuatrocientos
kilómetros de distancia puedo ver marcada en mi retina la
silueta de las sierras Ahillos y Caracolera, sobrevoladas por nubes
grisáceas en un cielo de un incomparable color azul. Mi terapia en los
periódicos retornos al pueblo consiste en
escaparme al campo con mi bicicleta, y disfrutar una vez más
de las múltiples sensaciones que me ofrece.
En
todo el mundo hay cada
vez más gente que disfruta del cicloturismo. La Federación
Española de ciclismo lo contempla como una categoría,
dentro de la cual se organizan pruebas de carácter no
competitivo, llamadas "marchas cicloturistas". Para la
gente del mundillo ciclista, algunas de estas pruebas tienen un
carácter casi mítico, como la Bilbao-Bilbao (que suele
atraer a más de 3000 ciclistas cada año) o la
Quebrantahuesos, que es la reina de estas marchas y se celebra cada
año en los Pirineos, con más de 5000 ciclistas que
parten de Sabiñánigo y recorren algunos de los puertos
más bonitos tanto a un lado como a otro de la frontera entre
Francia y España. Lo más importante en estas pruebas es
llegar a la meta, sin importar en qué posición.
En 2003,
Adsur comenzó
a organizar una marcha cicloturista, aprovechando el tirón que
tenía la sierra de la Pandera, después de haber sido
fin de etapa en la Vuelta Ciclista a España dos años
seguidos. Cada año se ha variado el recorrido y la fecha,
aunque siempre se incluye como plato fuerte la ascensión a las
antiguas instalaciones militares de la cumbre de la Pandera, por una
carretera de acceso que generalmente permanece cerrada por una valla.
José
A. Jiménez - Primavera de 2005
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