Lo primero al levantarme es comprobar si la predicción de lluvias para hoy se cumple: Ni rastro de nubes.

Lo segundo es ver cómo está el cuerpo tras la dura etapa de ayer: La zona lumbar es la que más “recuerda” los desniveles de Artaburu, pero en general me noto bien.

Estos dos factores y la ilusión que tengo por conocer el Circo de Litor hacen que me decida a dejar el día de descanso para otra ocasión.

El Circo de Litor se estaba comenzando a convertir en una obsesión desde que, hace diez años, subiera junto con Chema el Soulor desde Argèles y -por nuestra ignorancia- decidiéramos volver a Luz St. Sauveur sin coronar el -desde allí asequible- Aubisque, renunciando así a recorrer una ruta mítica, donde tal vez resuene el eco del “Asesinos” de Octave Lapice, gritado a los organizadores del Tour durante aquella primera incursión en los Pirineos.

Además, hacía tiempo que tenía gabradas a fuego las fotos de los dos arcaicos túneles pétreos que, entre las cimas del Soulor y el Aubisque, te conducen por las entrañas de la montaña y “necesitaba” asomarme a su interior y -por una vez- surcar esas fotos de mi obsesión y cerrar un círculo: el de Litor.

La primera parte de la etapa (Ochagavía→Laruns) era necesario cubrirla en coche, pasando la frontera por un desapacible Larrau a primera hora de la mañana. Un descubrimiento muy agradable fue la D918, la transpirenaica, una “paralela” a la carretera del Marie Blanque que atraviesa un tupido bosque (Bois du Bager) entre Lurbe St. Christau y Arudy. Muy recomendable para recorrerla en bici. ¿Tal vez durante la tranpirenaica? Quien sabe…

Una vez en Laruns, dejo el coche en el aparcamiento del “Intermarché” de la entrada del pueblo, aunque luego veo que camino del Aubisque y del Portalet hay bastantes sitios libres (y al lado de la policía, para mayor seguridad).

Comienzo la etapa bajo un sol radiante y calor, mucho calor. Aunque no tengo la altimetría en la cabeza, sí que sé que el comienzo es relativamente fácil hasta Eaux-Bonnes, perfecto para desentumecer las piernas de las 2h de coche y “escuchar” al cuerpo. De momento las sensaciones son buenas y las vistas sobre Laruns preciosas, no se le puede pedir más al día… por ahora.

Eaux-Bonnes es un gran chiringuito montado alrededor del turismo y del Tour de Francia, tal vez tenga su encanto, pero queda muy ensombrecido por su explotación mercantilista. Después de un curioso rodeo por la plaza principal, continúo hacia Lourdes, mientras recuerdo el “agua digital” que desde allí me hizo llegar Miguel Bernabé hace un año para curar mi lumbalgia. Efectiva o no, aquí estoy, disfrutando de nuevo sobre la bici.

Poco a poco la pendiente va ganando entidad y el sol sigue sin dar ni un respiro. Voy pendiente de la esperada aparición de los famosos tábanos del Aubisque, para darles recuerdos de Rafael Vallbona y Llorenç, pero de momento no aparecen (o no soy su tipo). Paso por zona de galerías, presente en tantas y tantas fotos ajenas, hasta el punto de resultarme extrañamente familiar. El desnivel ronda el 10%, pero el ritmo asequible y la falta de prisas atenúan la dureza del terreno.

Empiezo a preocuparme porque casi me he acabado los dos bidones y el calor no afloja, pero justo en la rotonda de la Gourette aparecen un par de caños y no dudo en parar y reponer agua, por cierto, deliciosa y fresca.

Nada más remprender la marcha me doy cuenta de que algo está cambiando, el viento empieza a soplar con intensidad arrastrando consigo unas densas nubes de tormenta. El primer pensamiento es de contrariedad: “¿Se cumplirán las malditas predicciones de lluvia?”, pero enseguida me calmo: “Esta ruta es mi sueño y nada me va a impedir cumplirlo. Así de fácil. Por mucho que llueva no me voy a enfriar de subida, así que de lo único que me tengo que preocupar es de dar pedales y disfrutar de este ansiado paisaje.”

Finalmente corono (el Aubisque) en medio de un fuerte vendaval acompañado de las primeras gotas de tormenta. Tengo claro que voy a llegar hasta la cima del Soulor, disfrutando de cada instante y, una vez allí, improvisar la ruta.

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Fuente providencial en la Gourette. ¿Necesitaré un taxi?

Cima del Aubisque

A pesar de la lluvia me paro en repetidas ocasiones para hacer fotos del circo. No sabría decir si el cielo plomizo las desluce o las realza, simplemente es el cielo con el que se ha querido vestir hoy la montaña.

Por fin aparece el primero de los dos túneles que hay entre las cimas del Aubisque y el Soulor. De nuevo esa extraña sensación de familiaridad otorgada por las inumerables fotos escudriñadas durante estos diez años. Es la sensación de conocerlo sin haber estado allí jamás.

Todo en él es anacrónico, el cemento ranurado, la ausencia total de iluminación y de cualquier revestimiento más allá de la propia piedra. Nada más entrar, todo vestigio de luz desaparece y el único sonido que me llega es el del contínuo goteo de las filtraciones de agua que atraviesan su bóveda. Cuando la penumbra de la entrada se termina de extinguir, el repiqueteo de las ruedas y mi respiración acelerándose hacen aun más patente mi intranquilidad. No puedo evitar aumentar irracionalmente el ritmo, fruto de la inseguridad, buscando con la mirada ciega el primer indicio de salida, que parece que nunca llegue.

Por fin aparece la tenue luz que me tiene que devolver al camino hacia el Soulor y respiro aliviado, esperando que el segundo túnel no sea tan angustioso. El círculo abierto hace diez años está próximo a cerrarse.

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Salida del primer túnel y ruta hacia el Soulor.

Cada pedalada que doy tengo la sensación de que ralentizo la marcha y me concentro en la contemplación, ávido por no perderme ningún detalle de este entorno. Hoy mi única preocupación es disfrutar de la bici y la montaña, sencillamente es lo único que tengo que hacer. Ni siquiera la lluvia intermitente y el fuerte viento enturbian la sensación de certeza de que hoy, éste es mi sitio.

Llego a la entrada del sugndo túnel, que por suerte es mucho menos angosto que el primero. Además hay un pequeño mirador privilegiado, orientado hacia el Norte, en el que no dudo en aparcar la bici por un rato y concederme unos minutos de deleite en silencio (el tráfico es escaso y en general poco estridente).

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Entrada del segundo túnel (el más cercano al Soulor), menos claustrofóbico.

Salida. A la derecha se ve el balcón que ofrece la mejor panorámica del circo.

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Panorámica del Circo de Litor. “Todos los verdes bajo un cielo de plomo.”

Casi sin querer se van abriendo claros entre las nubes e incluso algún tímido rayo de sol ayuda al cuerpo a entrar en calor. Miro hacia el Norte, por donde me apetecería continuar la ruta (Ferrièrres y el Col de Spandelles) y parece que el viento se encarga de despejarme el camino, como si me invitara a conocer las entrañas de los valles donde habitó el oso pardo, motivo hoy de controversia por su reintroducción artificial.

Otro guiño a la Transpirenaica: El mojón que separa los Pirineos Atlánticos de los Altos Pirineos y encargado de hermanar el Atlántico con el Mediterráno. Espero que el año que viene encuentre la manera de poder hacer esta ruta sobre la que tanto he leído y que tanto me ilusiona.

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Salida del segundo túnel (el más cercano al Soulor), menos claustrofóbico.

Mojón divisorio y a la vez homenaje a la Transpirenica.

Aprovecho el encuentro con un responsable de mantenimiento de carreteras para preguntarle por el estado del firme entre el Col de Spandelles y el de Couraduque. Me desaconseja esa opción por las piedras y lo irregular del firme y, a pesar de haberme comentado Antonio que ese tramo (~5kms) lo había hecho él en bici, decido que en la cima de Spandelles daré la vuelta, más aun teniendo en cuenta que la cubierta trasera está en las lonas tras la “Irati Xtrem Clandestina” de ayer.

Pero todo eso deberá esperar a que llegue a la cima de Soulor que ya está al alcance de la mano.

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Casi llegando al Soulor, el sol aviva los colores y me anima a continuar hacia Ferrières.

Lo que no ha amainado de momento ha sido el fuerte viento Noreste, dificultando el ascenso que, por ahora, ha llegado a su fin. Sólo llegar hasta aquí constituía un reto en sí mismo, zanjándose al fin la deuda contraída hace diez años.

El resto de la etapa será un regalo que me conceda con el mero objetivo de seguir descubriendo rincones en los que encontrar el sosiego y el verdadero bienestar que –paradójicamente- parece ser tan esquivo en una sociedad que lo tiene todo.

El descenso hacia Ferrières resulta ser una delicia por las vistas sobre la cuenca del Ouzom, tan sólo complicado por el fuerte viento de costado que en ocasiones hace que la trazada cambie bruscamente. El día ha pasado a ser claramente caluroso y empiezo a fijarme en las fuentes al atrvesar los pueblos. Al paso por Arbèost identifico una, aunque de momento no necesito agua.

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Cima del Col de Soulor.

Descenso hacia Ferrières.

Ferrières resulta ser un pueblo tan lleno de encanto como falto de gente. Bien es cierto que deben ser alrededor de las 14h y con este calor apetece poco estar por la calle, pero me lo imaginaba más poblado de turistas.

La carretera discurre paralela al cauce del Ouzom, como intentando refrescar lo imposible. Me dejo llevar suavemente por la leve pendiente favorable y me dedico a contemplar cada recodo del río, intentando no despistarme demasiado para coger el desvío hacia el Col de Spandelles, mi siguiente reto de la jornada.

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El río Ouzom a su paso por Ferrières.

Un poco más adelante a la derecha me espera la subida al Col de Spandelles.

Me desvío a la derecha en un cruce bien señalizado y comienzo a subir por una carretera estrecha entre un bosque tupido que irremediablemente me recuerda el ascenso de Azpegui, ya que también cuenta con un riachuelo en paralelo con la cuneta izquierda. La pendiente es considerable pero me digo que no siendo éste uno de los puertos con más renombre de la zona, más adelante seguro que afloja… pobre iluso de mí.

Lo cierto es que las sombras desaparecen y la pendiente, lejos de suavizarse, se recrudece, lo cual, unido a los numerosos tramos con gravilla reciente hace más penoso el ascenso. A falta de 2kms, me acabo el agua y no veo ni rastro de fuentes. Se me pasa por la cabeza darme la vuelta por el calor, cuando, de repente aparece ante mí lo que perece ser un abrevadero para el ganado. ¡¡¡Salvado!!!.

Paro a fin de cerciorarme de que no se trata de un espejismo, pero la alegría no será completa, ya que el agua resulta ser muy turbia y la prudencia aconseja no beber. Aun así me refresco la cabeza, los pies, que empezaban a estar hinchados, me tomo mi tiempo y retomo la marcha con otro ánimo.

Justo al llegar a la cima paro sin complejos un coche donde una pareja de jubilados excursionistas me dan todo el agua que les queda en el maletero, lo justo para llenar un bidón. Mil veces se disculpan por el hecho de que esté caliente y mil veces les digo que no hay problema. Me preguntan si soy francés, lo cual no sé si tomármelo como halago hacia mi pronunciación, o como prueba incontestable de que estoy tan al límite que ni siquiera se identifica mi acento.

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Abrevadero-Jacuzzi.

De los mejores baños que recuerde.

Cima. Deshidratado pero feliz.

Descartado Couraduque por el firme y tras apurar casi de un trago el recién llenado bidón, comienzo la bajada -deshaciendo el camino- con precaución por la grava y paro un par de veces para que se refrigeren un poco las llantas. Al llegar de nuevo a Ferrières un tipo amable que pintaba el puente me llena los bidones y me recuerda que para la próxima coja agua de la cascada, en la dirección del cruce de Spandelles, que es mucho mejor, aunque no esté canalizada.

También paro a charlar un rato mientras hago fotos con un anciano que me confiesa que en sus tiempos le gustaba ir a la “fiesta a Jacaaaa”. Nos reímos del tráfico, de repente congestionado, impropio de la zona: “Putain, C’est la périferie du París!!!” y nos despedimos.

La verdad es que merece la pena dedicar tiempo a conocer la gente de los lugares que vas atravesando. La mayoría de las veces tienen algo interesante que contar y siempre te reafirman en la necesidad de vivir sin prisas, por si aun no lo tuviese suficientemente claro.

La vertiente Norte del Soulor resulta ser exigente, más aun teniendo en cuenta la fatiga acumulada entre ayer y hoy (~3200mts de desnivel diario). Entre reivindicaciones de protesta por la reintroducción del oso voy ganando altura y rehidratándome, hasta el punto de que en los 3.5kms que separan Ferrières de Arbéost acabo de nuevo con los dos bidones, con la tranquilidad de recordar la fuente de Arbéost que había visto durante el descenso.

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Soulor por su vertiente Norte.

Fuente de Arbéost. Providencial.

En Arbéost también hay un Gîte d’etape desde el cual se puede acceder fácilmente al GR101. Un lugar estratégico para el futuro, sin duda.

Voy haciendo camino a un ritmo cansino, pero que me permite disfrutar del paisaje e incluso jugar con la cámara a la captura de instantáneas curiosas.

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A falta de 2kms escasean las fuerzas…

Pero no el buen humor.

Finalmente corono el Soulor a eso de las 18h con un anticipo de la cálida luz de del atardecer empezando a desaparecer entre las cumbres. Estoy de suerte porque en un mismo día voy a tener dos perspectivas muy diferentes de Circo de Litor:

· La de la mañana, fría, ventosa y áspera, recordándome la severidad inherente a la montaña.

· La de la tarde, apacible y serena, ofreciendo su cara más amable.

No dudo en repetir parte de las fotos y panorámicas de la mañana para dejar patente esta dualidad, disfrutando de cada disparo con la calma que el momento se merece.

clip_image040  La foto por la que siempre soñé pedalear.

clip_image042  El primer túnel (más cercano al Aubisque), angustioso y placentero a la vez.

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Panorámicas así justifican todo un día de esfuerzo.

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Tras el recital de fotos, que además me permite retrasar la inevitable despedida de este bellísimo entorno, retomo la marcha hacia la cima del Aubisque, con las ganas que aporta la certeza de que el esfuerzo está a punto de concluir.

Corta parada en la cima para abrigarme y descenso hacia Laruns. La bajada es de las de disfrutar, con curvas abiertas a las que te puedes anticipar en todo momento. Lamento el paupérrimo estado de mi cubierta trasera ya que en la rotonda de la Gourette me da un aviso con una derrapada que me aconseja bajar con un poco más de calma, pero no mucha…

El cielo parece querer jugar conmigo y de repente se tapa y deja caer unas gruesas gotas de tormenta. Parece querer recordarme que me ha regalado el día y que en cualquier momento puede cambiar de parecer. La velocidad es vertiginosa al paso por las galerías, a pesar de que voy tan erguido como puedo a fin de evitar embalarme demasiado. No puedo evitar pensar en un eventual reventón de la rueda trasera e intento no bloquearme para seguir trazando con delicadeza.

Paso por Eaux-Bonnes, el cielo ya está claramente encapotado, hasta el punto de obligarme a quitarme las gafas por la falta de luz. La pendiente remite y ya pedaleando llego hasta el coche, agradecido por la suerte que me ha acompañado durante toda la jornada. Prueba de ello es que nada más arrancar de vuelta a Ochagavía cae un impresionante aguacero que, por escasos diez minutos, me ha pillado dentro del coche.

La ruta de regreso me permite disfrutar de nuevo de la D918 por donde espero pasar el año que viene con alforjas en mi transpirenaica particular. En vez de repetir Larrau decido volver por la Piedra de S.Martin que, con un asfalto impecable y con la lluvia recién escampada me invita a parar en la cuneta y aspirar el aroma fresco del bosque atlántico. Se cierra la noche y enfilo el Alto de Laza para volver al “Kixkia” y cenar copiosamente antes de caer rendido tras la reparadora ducha y los estiramientos de rigor.

Lo que también es seguro es que mañana descansaré. Mi rodilla izquierda se ha empezado a quejar un poco de tanto esfuerzo y se merece un respiro caminando tranquilamente por el bosque de Irati. Pero eso será mañana.

Ni en el mejor de mis sueños había sido capaz de vislumbrar una jornada tan llena a todos los niveles: Paisajístico, emocional y deportivo. Hoy me he sentido grande y pequeño a la vez en la montaña, curioso contrasentido lleno de sentido.

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